¿EL ENAMORAMIENTO SE ACABA?…
Esta noche escribo después de haber hecho una catarsis que hacía mucho tiempo anhelaba: poder decir lo que siento sin ser juzgado. Una tarde que, sin planearlo, terminó convirtiéndose en un espacio donde pude hablar de la cautividad de mi corazón, de mi forma de sentir y de mi forma de amar, frente a alguien en quien pude confiar sin sentir que cada palabra que salía de mí iba a convertirse inmediatamente en un juicio.
Extraño a VENUS.
La anhelo como a nadie en el mundo.
Hoy, mientras caminaba por un centro comercial, imaginaba cómo sería recorrer esos mismos pasillos tomado de su mano. Durante un breve periodo eso dejó de ser imaginación y fue realidad. Caminé de su mano. Pude sentirla junto a mí. Y ahora ese recuerdo me produce una nostalgia extraña porque, aunque quisiera devolver el tiempo y quedarme eternamente allí, también agradezco profundamente haber podido vivirlo con ella.
Después de aquella conversación fui a visitar a alguien más para despedirme antes de su viaje. Cuando terminé pensé en regresar a casa, pero cuando llegué no quise entrar.
Quise caminar.
Caminar hacia ningún lugar.
Sin destino. Sin ninguna misión. Solamente darme permiso de estar conmigo mismo y pensar en todo aquello que ha ocurrido durante estos últimos días.
Y mientras caminaba terminé haciéndome una pregunta:
¿EL ENAMORAMIENTO SE ACABA?
Durante mucho tiempo he observado mis propias relaciones. He regresado mentalmente a ellas, he escrito sobre ellas y he intentado comprender qué ocurrió dentro de mí en cada una. Y mientras caminaba esta noche regresó una hipótesis que llevo formando desde hace tiempo.
Pienso en tres grandes etapas.
El enamoramiento.
La decepción.
Y finalmente, si conseguimos llegar hasta allí…
el amor real.
PRIMERA ETAPA: EL ENAMORAMIENTO
Esta es probablemente la etapa que todos conocemos.
El famoso shot de dopamina.
Todo parece color de rosa. La otra persona parece extraordinaria. Esperamos sus mensajes. Queremos verla. Pensamos constantemente en ella. Una canción adquiere otro significado. Un lugar cualquiera se convierte en un recuerdo. Una notificación puede cambiar completamente nuestro estado de ánimo.
Parece que alcanzamos el cielo con las dos manos.
Quizá de allí venga esa antigua frase:
“El amor es ciego.”
Estamos fascinados.
Y creo que gran parte del mundo llega al amor buscando precisamente esta sensación.
Nos educaron sentimentalmente con historias que terminaban exactamente donde, en la realidad, comenzaba lo verdaderamente difícil. Dos personas se conocen. Aparecen obstáculos. Luchan por estar juntas. Finalmente se besan, se casan o consiguen aquello que durante toda la película parecía imposible.
Entonces aparece sobre la pantalla:
“FUERON FELICES PARA SIEMPRE.”
Créditos.
Fin.
Pero yo cada vez pienso más que allí no terminó la historia.
Allí apenas comenzó.
¿DE QUÉ NOS ENAMORAMOS DURANTE EL ENAMORAMIENTO?
Esta pregunta me persigue.
Porque aquel shot puede estar mezclado con muchísimas cosas.
Vacíos.
Heridas.
Validación.
Compañía.
Deseo.
Demostración social de valor.
La sensación de finalmente pertenecer a alguien.
La satisfacción de ser elegido.
La química.
La novedad.
La fantasía de aquello que podría ocurrir.
Incluso podemos comenzar a construir mentalmente una versión de la persona que tenemos enfrente.
He vivido esa etapa varias veces.
Sé cómo se siente.
La he disfrutado.
Pero también sé algo más:
se va transformando.
Y entonces llega un territorio mucho menos fotografiado.
SEGUNDA ETAPA: LA DECEPCIÓN
Pasan los días.
Pasan los meses.
La novedad comienza a desaparecer.
Y poco a poco empezamos a encontrarnos con una persona diferente a aquella que nuestra mente había construido durante el comienzo.
Aparecen defectos.
Rutinas.
Cansancio.
Discusiones.
Diferencias.
Aburrimiento.
Costumbres que antes parecían insignificantes empiezan a molestarnos. Las cualidades que inicialmente ocupaban toda nuestra atención comienzan a compartir espacio con aquello que no nos gusta.
Las canciones dejan de hablar solamente de romance.
La persona baja del pedestal.
A veces incluso aparece el fastidio.
Y entonces llega la decepción.
No necesariamente porque el otro se haya convertido en alguien diferente.
Quizá simplemente porque ahora estamos viendo aquello que al principio no podíamos o no queríamos ver.
EL MARKETING DEL ENAMORAMIENTO
A veces imagino esta etapa como esos cursos que compramos por internet.
Vemos la publicidad.
La promesa parece extraordinaria.
Nos muestran todo aquello que vamos a conseguir.
Nos entusiasmamos.
Pagamos.
Comenzamos el curso.
Pero después descubrimos que aquello que compramos no era exactamente aquello que nuestra imaginación había construido a partir de la promesa.
Nos decepcionamos.
Entonces abandonamos ese curso y buscamos otro.
Una nueva portada.
Una nueva promesa.
Una nueva emoción.
Un nuevo shot.
Y pienso que algo parecido puede ocurrir con las relaciones.
Cuando desaparece la sensación inicial, empezamos a pensar:
“Quizá necesito otra persona.”
Y vuelve la búsqueda.
LA ADICCIÓN A LA NOVEDAD
Esto me ocurrió incluso durante mi adolescencia.
Cuando desaparecía aquello que sentía al principio, aparecía nuevamente el deseo de encontrar esa sensación en otro lugar.
Otra persona.
Otra historia.
Otro comienzo.
Otro mensaje que esperar.
Otro primer beso.
Otro descubrimiento.
Porque los comienzos tienen algo poderoso: todavía están llenos de posibilidades.
Y cuando uno se acostumbra a perseguir esa sensación puede terminar persiguiendo comienzos eternamente.
Pienso que nuestra cultura actual ha llevado esa dinámica todavía más lejos.
Tenemos personas a un movimiento del dedo.
Perfiles.
Fotografías.
Historias.
Mensajes.
Aplicaciones.
La sensación permanente de que detrás de la siguiente pantalla podría existir alguien más atractivo, más interesante, más emocionante o simplemente nuevo.
Y así las relaciones pueden empezar a parecerse a los vasos de una fiesta:
Cuando uno deja de servir, tomamos otro.
¿Y SI NUNCA ESTUVIMOS ENAMORADOS DE ESA PERSONA?
Esta es la pregunta incómoda.
Tal vez algunas relaciones no terminan cuando dejamos de amar.
Tal vez terminan cuando desaparece aquello de lo que realmente estábamos enamorados.
La validación.
La emoción.
La novedad.
La pertenencia.
El sexo.
La compañía.
La fantasía.
La sensación de sentirnos importantes.
La promesa.
La relación misma.
Entonces desaparece todo aquello y miramos a la persona que queda delante de nosotros.
Sin marketing.
Sin pedestal.
Sin filtros.
Sin fantasía.
Y quizá descubrimos que nunca habíamos llegado realmente hasta ella.
Nos habíamos enamorado de lo que representaba.
Y aquí aparece la tercera etapa.
TERCERA ETAPA: EL AMOR REAL
Para mí existe un punto donde el enamoramiento ha cambiado y la decepción ha sido atravesada.
Ya viste.
Ya conociste.
Ya descubriste que aquella persona no era perfecta.
También ella descubrió que tú tampoco lo eras.
El marketing terminó.
Y entonces quedan dos seres humanos.
Es allí donde aparece una elección completamente diferente.
La vuelves a elegir.
No porque todavía creas que no tiene defectos.
Precisamente porque ya los conoces.
La eliges como compañera.
Como confidente.
Como amante.
Como novia.
Como esposa.
Como amiga.
La eliges como todo aquello que puede representar compartir verdaderamente una vida con alguien.
No solamente para los días extraordinarios.
También para los días donde no ocurre absolutamente nada.
QUÍTALO TODO
Últimamente me hago este ejercicio mental.
Quítale todo.
Sus cualidades.
Su belleza.
Su éxito.
Su estatus.
Aquello que puede ofrecerte.
Aquello que los demás admiran.
La imagen.
El marketing.
Y después haz lo mismo contigo.
Quítate aquello que utilizaste para presentarte.
Tus mejores cualidades.
Tu apariencia.
Tus logros.
Tu seguridad.
Tu propio marketing.
¿Qué queda?
Dos seres humanos.
Y cuando frente a ese ser humano todavía existe dentro de ti la convicción:
“Quiero compartir mi vida contigo.”
Ahí comienzo a comprender aquello que personalmente llamo amor real.
CUANDO YA NO TODO BRILLA
Es fácil amar cuando todo parece estar bien.
Cuando alguien está en su mejor momento.
Cuando sonríe.
Cuando tiene energía.
Cuando tiene dinero.
Cuando tiene proyectos.
Cuando su cuerpo está en su mejor versión.
Cuando todo aquello que admiramos está funcionando.
Cuando “brilla”.
Eso es precisamente lo que constantemente nos muestran las redes sociales.
Mujeres “de alto valor”.
Hombres “de alto valor”.
Valor medido en belleza, dinero, estatus, disciplina, éxito, seguidores, cuerpo, viajes, productividad.
Pero yo sigo preguntándome:
¿Quién mira la forma de sentir?
Porque también existe el día en que alguien deja temporalmente de brillar.
El día malo.
La enfermedad.
La pérdida.
El fracaso.
El miedo.
La inseguridad.
El cansancio.
El envejecimiento.
La adversidad.
Y precisamente ahí aparece una de las diferencias que he comenzado a reconocer dentro de mí.
QUIERO ESTAR EN SUS DÍAS MALOS
Hoy, después de hablar durante horas y sentir por primera vez en mucho tiempo que alguien simplemente escuchaba mi historia sin convertirla inmediatamente en un consejo superficial, caí en cuenta de algo.
Hay un patrón.
Algo que comienza a mostrarme cuándo estoy simplemente dentro de una relación y cuándo mi corazón ha despertado verdaderamente.
Es esto:
Quiero estar en sus momentos malos.
Quiero conocer también esa parte.
Quiero cuidarla.
Protegerla.
Entrar en su mundo.
No solamente quiero la versión de ella que sonríe.
No solamente quiero sus mejores fotografías.
No solamente quiero su cuerpo.
No solamente quiero sus conversaciones cuando todo está bien.
No solamente quiero aquello que hace agradable estar junto a ella.
Hay algo dentro de mí que quiere conocer también la tormenta.
Y permanecer.
“DE AMOR NADIE VIVE”
He escuchado muchas veces esa frase.
“De amor nadie vive.”
Quizá por eso nuestra época parece tan fascinada por todo aquello que puede medirse.
Ingresos.
Posición.
Apariencia.
Productividad.
Valor social.
Pero existe algo que he observado dentro de mí cuando mi corazón realmente despierta:
El amor despierta capacidades que yo desconocía.
Me hace escribir.
Crear.
Construir.
Imaginar.
Trabajar.
Pensar diferente.
Buscar caminos que antes no veía.
Ha conseguido despertar en mí fuerzas que yo mismo desconocía.
Por eso me resulta difícil considerar el amor simplemente como un accesorio agradable que se coloca encima de una vida ya construida.
Para mí puede convertirse en una fuerza.
Y ENTONCES PIENSO EN VENUS
Después de escribir “Venus y su significado…”, quizá esto pueda comprenderse mejor.
Venus no significa para mí “la mujer perfecta”.
No significa “la mujer 10”.
No significa una mujer que cumple una lista.
Venus es aquella mujer que despierta esa forma particular de amar dentro de mí.
Y mientras caminaba esta noche entendí algo que me duele admitir:
Yo quisiera llegar a esa tercera etapa con ella.
No quiero solamente el comienzo.
No quiero únicamente la dopamina.
No quiero solamente aquel beso.
No quiero solamente caminar de su mano por un centro comercial mientras todo parece nuevo.
Quisiera conocer aquello que existe después.
QUISIERA CONOCERLA CUANDO EL MARKETING TERMINE
Quisiera conocer sus defectos.
Sus días difíciles.
Sus contradicciones.
Aquello que no aparece inmediatamente.
Aquello que quizá solamente conoce quien permanece suficiente tiempo.
Quisiera saber cómo es una mañana cualquiera.
Un domingo aburrido.
Una enfermedad.
Un fracaso.
Una discusión.
Un día donde ninguno tiene nada extraordinario que ofrecer.
Quisiera descubrir quiénes seríamos cuando desapareciera la novedad.
Cuando dejáramos de intentar impresionar.
Cuando ambos marketing terminaran.
Cuando solamente quedáramos ella y yo.
MI AMOR ATEMPORAL
Aquí vuelve otro concepto que he intentado explicar dentro de estas páginas:
El Amor Atemporal.
Mi manera de sentir no parece consultar primero cuánto tiempo ha pasado para decidir cuánto puede sentir.
Eso ha hecho que muchas veces aquello que experimento sea subestimado y duele.
Porque he vivido otras relaciones.
Incluso un matrimonio.
Sé distinguir cómo se sentían.
Sé qué despertaban dentro de mí.
Y sé también aquello que nunca consiguieron despertar.
Por eso cuando Venus aparece dentro de estos textos no estoy utilizando una palabra decorativa.
Estoy nombrando una diferencia que tardé años en descubrir.
Quizá mi Amor Atemporal sea solamente la primera pieza.
No el todo.
Pero sí una señal.
Una señal de que mi corazón despertó.
EL ENAMORAMIENTO TAL VEZ NO SEA EL DESTINO
Quizá aquí está el error que durante mucho tiempo cometí.
Pensar que el objetivo era mantener eternamente aquella primera sensación.
Como si amar significara vivir permanentemente en el primer beso.
En la primera noche.
En el primer viaje.
En la primera emoción.
Pero quizá el enamoramiento no sea el destino.
Quizá sea la puerta.
Una fuerza brutal que acerca a dos personas y les permite comenzar una historia.
Después llega la decepción.
La caída de la imagen.
El encuentro con la realidad.
Y allí aparece una bifurcación.
Buscar nuevamente otro comienzo.
O descubrir qué existe después del comienzo.
LA CAÍDA DEL IDEALISMO
Tal vez por eso he pensado tantas veces en aquello que llamo La caída del idealismo.
Durante el enamoramiento podemos convertir al otro en una especie de divinidad.
Después cae.
Y cuando cae, aparece el ser humano.
Quizá ese momento que interpretamos como la muerte del amor pueda ser, en algunos casos, exactamente lo contrario:
la primera oportunidad de conocer a quien realmente tenemos enfrente.
Porque ya no estamos amando solamente una imagen.
Ahora tenemos delante a alguien que puede cansarse, equivocarse, decepcionar, tener miedo, cambiar, envejecer.
Alguien real.
Y quizá allí comienza la pregunta verdaderamente importante:
Ahora que sé que no eres una diosa, ¿quiero seguir caminando contigo?
QUIERO VER SU MANO ENVEJECER JUNTO A LA MÍA
Esta frase me cuesta.
Quizá porque todavía existe dentro de mí ese escudo de autosuficiencia.
Ese lugar desde donde uno puede decir: “Yo puedo solo.”
Sí puedo…
Pero una cosa es poder caminar solo y otra muy distinta es aquello que deseo.
Y si dejo por un momento todos los discursos, todos los escudos, todas las explicaciones y simplemente escribo aquello que apareció dentro de mí esta noche, la verdad es mucho más sencilla:
Quisiera ver la mano de Venus envejeciendo junto a la mía.
La misma mano que extraño.
La misma que imaginé hoy mientras caminaba por aquel centro comercial.
Pero diferente.
Con años encima.
Con arrugas.
Con historias.
Después de haber atravesado días extraordinarios y días horribles.
Después de haber visto versiones nuestras que todavía ni siquiera conocemos.
Después de que la dopamina inicial haya dejado de gobernarlo todo.
Después de la decepción.
Después de la caída de los dioses.
Después del marketing.
Después de todo.
Mirarla.
Reconocerla.
Y pensar:
todavía eres tú…
ENTONCES, ¿EL ENAMORAMIENTO SE ACABA?
Tal vez sí.
O quizá sería más exacto decir que se transforma.
La primera explosión no puede ser toda la historia.
Porque si todo depende de perseguir permanentemente esa explosión, quizá terminemos viviendo una colección infinita de comienzos sin descubrir jamás qué había después.
Yo ya conozco los comienzos.
He vivido varios.
Ahora hay algo que anhelo mucho más.
Quiero saber qué existe después de la decepción.
Después de descubrir los defectos.
Después de que desaparezca la novedad.
Después de que ambos dejemos de ser personajes y aparezcan finalmente los seres humanos.
Quiero saber qué ocurre cuando dos personas pueden mirarse después de todo aquello y decir:
TE CONOZCO MEJOR QUE CUANDO EMPEZAMOS.
Y AUN ASÍ, TE VUELVO A ELEGIR.
Tal vez para mí eso sea finalmente el amor real.
No un eterno “fueron felices para siempre”.
Sino algo mucho más difícil de resumir en los créditos de una película:
“Se conocieron. Se fascinaron. Se decepcionaron. Se descubrieron. Y después de descubrirse, decidieron seguir escribiendo la historia.”
PARA LOS SINTIENTES
Si estás leyendo esto y algo de esta manera de comprender las relaciones resuena dentro de ti, quizá también estés buscando respuestas diferentes a aquellas frases rápidas que circulan por todas partes.
Por eso existe La Orden del Corazón.
Un lugar para sintientes que quieran explorar los misterios de las relaciones, el enamoramiento, las heridas, la construcción, el deseo, el dolor y aquello que llamamos amor sin reducirlo todo a las respuestas superficiales de nuestro tiempo.
Puedes enviar el formulario y postularte para formar parte de la Orden.
Tal vez podamos pensar juntos.
Tal vez alguien tenga una pieza que a otro le falta.
Tal vez existan preguntas que solamente puedan comprender quienes también han sentido que su corazón funciona de una manera diferente.
Yo seguiré investigando el mío.
Esta noche, al menos, encontré una nueva pregunta.
Y mientras escribo estas últimas palabras sigo pensando en aquella mano.
La mano que alguna vez pude sostener.
La mano que hoy solamente pude imaginar mientras caminaba.
Y la mano que, en algún rincón todavía vivo de mi corazón, quisiera algún día poder mirar envejecida junto a la mía.
— EL CUERVO DE CORAZONES
