NO NACIMOS PARA ENCAJAR EN EL AMOR SUPERFICIAL,
No sé exactamente en qué momento sentir profundamente comenzó a convertirse en algo de lo que había que avergonzarse.
Tal vez ocurrió poco a poco.
Cuando nos enseñaron que demostrar interés era perder poder.
Cuando empezamos a llamar “madurez” a no necesitar a nadie.
Cuando sustituimos conversaciones incómodas por silencios, personas por perfiles, vínculos por opciones y corazones por catálogos infinitos que podemos deslizar con el dedo hasta encontrar algo que nos distraiga durante un tiempo.
Quizá simplemente nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a escuchar:
“Ya se te pasará.”
“Hay muchas personas en el mundo.”
“Enamórate de ti.”
“No le escribas.”
“No demuestres tanto.”
“No seas intenso.”
“Déjal@ ir.”
“Madura.”
“Suelta.”
Como si amar fuera una enfermedad que debiera curarse.
Como si extrañar fuera una falla.
Como si desear compartir la vida con alguien significara no saber vivir la propia.
Como si la única manera de demostrar que hemos madurado fuera convertir aquello que sentimos en algo suficientemente pequeño como para que jamás vuelva a hacernos daño.
Yo también intenté hacerlo.
Intenté encajar.
Intenté castigarme por sentir demasiado.
Intenté convencerme de que aquello que me atravesaba no debía importarme tanto.
Intenté hablarme con la misma dureza con la que muchas veces habla este mundo:
“Ya deberías haber superado esto.”
“Deja de sentir.”
“Sé adulto.”
Pero un día entendí algo que me aterrorizó mucho más que volver a sufrir.
Estaba empezando a vivir como un zombie en piloto automático…












