AMOR SIN MALDAD… EL AMOR DEL NIÑO INTERIOR

Hoy escribo recordando las veces en que mi corazón ha despertado de verdad y, con él, esa necesidad de expresar el amor de la forma más pura y auténtica que conozco. Yo la llamo amor sin maldad.

Existe una versión de mí que durante mucho tiempo no entendí. La descubrí —o quizá sería más preciso decir que me hice consciente de ella— durante procesos de crecimiento personal. Siempre había estado ahí: mi niño interior. Durante años lo maltraté, lo avergoncé, intenté corregirlo y esconderlo. Todavía sigo trabajando cosas de mi infancia, de mi pasado y de experiencias que dejaron marcas, pero reconocer a ese niño también me enfrenta a una emoción que me cuesta muchísimo atravesar: la vergüenza.

Conozco perfectamente esa sensación. El rostro empieza a hormiguear, siento que me pongo rojo y aparece inmediatamente el deseo de huir. Es como si aquel niño avergonzado quisiera salir corriendo hasta encontrar un lugar donde nadie pueda verlo. Y últimamente pienso que mi corazón comparte algo de esa naturaleza infantil: es inocente. Quizá por eso tantas veces se dice que el corazón y la mente no se ponen de acuerdo. Uno quiere sentir sin cálculos; la otra lleva consigo años de experiencias y ha aprendido a desconfiar.

Y yo quedo en medio de esa discusión.

CUANDO CREÍ QUE AMABA

He vivido relaciones en las que durante mucho tiempo pensé que amaba profundamente y, al observarlas después, descubrí algo incómodo: muchas veces no había amado realmente al ser humano que tenía frente a mí, sino las circunstancias que esa persona representaba. La compañía. La validación. El deseo. La posibilidad de no estar solo. La relación misma.

Eso me hizo empezar a distinguir algo que antes no sabía nombrar.

Cuando mi niño interior permanece dormido, una relación puede ser agradable, divertida, sencilla e incluso estable. Existe compañía, afecto, validación y momentos buenos. Pero hay una parte de mí que no aparece por completo. No existe ese impulso espontáneo de sorprender. No aparece esa necesidad casi infantil de encontrar algo pequeño y pensar inmediatamente: “quiero dárselo.”

Cuando ese niño despierta, todo cambia.

CUANDO DESPIERTA EL NIÑO

He descubierto que una de las maneras en las que ese niño aparece dentro de mí es a través de los detalles. Regalos. Cartas. Sorpresas. Gestos aparentemente simples. Una caja de chocolates. Algo que vi caminando y que inmediatamente me recordó a ella. Una pequeña cosa cuya utilidad quizá sea irrelevante porque el verdadero mensaje detrás es:

“Pensé en ti.”

Ya escribí en otro artículo sobre los lenguajes del amor y cómo algunas personas reconocemos y expresamos cariño de maneras diferentes. Hoy entiendo que esta forma de dar está profundamente unida a mi manera de sentir.

Lo extraño es que cuando aparece lo hace sin maldad.

No estoy haciendo una ecuación. No estoy pensando cuánto recibiré después. No estoy calculando si aquello aumentará mi valor. No estoy haciendo una inversión sentimental esperando dividendos.

Simplemente quiero dar.

Y hay algo dentro de mí que no comprende por qué eso puede convertirse en un problema.

Ahí aparece nuevamente el dolor.

Porque tengo que explicarle a esa parte de mí por qué algo que para ella parece tan simple puede ser visto desde afuera de una manera completamente distinta.

¿Cómo explicarle a ese niño que no siempre puede entregar todo aquello que desea entregar? ¿Cómo le explico que un gesto que para él significa ternura puede ser interpretado de otras maneras? ¿Cómo le enseño a contenerse cuando lo único que sabe decir es:

“La quiero.”

No tengo todavía una respuesta que consiga convencerlo…

VENUS Y EL NIÑO QUE DESPERTÓ

Con Venus siento que ese niño apareció con una intensidad que hace mucho tiempo no reconocía en mí. Y lo sé porque muchas de las antiguas calculadoras desaparecieron.

No pienso constantemente que puedan “pensar que soy un simp”. No pienso que alguien vaya a aprovecharse de mí simplemente porque doy. No estoy calculando si pierdo valor por mostrar demasiado. No estoy haciendo cuentas sobre quién hizo más o quién se expuso primero.

Cuando esa parte está despierta, todo eso parece perder importancia.

Solo importa amar.

Dar.

Expresar.

Sentir.

Y quizá por eso duele tanto cuando esa expresión no encuentra dónde existir.

Mi niño no comprende estrategias. No sabe qué es conservar ventaja emocional. No entiende por qué una persona debería aparentar indiferencia cuando siente exactamente lo contrario. Solo sabe que quiere acercarse, rozar unos labios, tomar unas manos, mirar unos ojos, entregar unos chocolates y existir por unos minutos dentro de un lugar que se siente cálido y seguro.

Puede parecer simple.

Para mí no lo es.

“POR ESO LA ESPANTÓ”

Recuerdo algo que todavía me hace pensar. Una vez quise darle un regalo a una Venus y una amiga, al recordarlo, me decía:

“¿Para qué se puso a darle esos regalos? Por eso fue que la espantó.”

La frase se quedó conmigo.

¿Dar algo puede espantar?

¿Por qué?

¿En qué momento de nuestra historia comenzamos a interpretar ciertos gestos de esa manera?

¿Qué ocurrió para que demostrar demasiado interés empezara a verse como un error estratégico?

No pregunto esto desde la ingenuidad de creer que todo gesto será recibido como uno espera. Lo pregunto porque verdaderamente me intriga en qué momento empezamos a enseñar que sentir tiene que convertirse en cálculo.

Y entonces llegamos al mundo de la seducción.

YO TAMBIÉN JUGUÉ

He escuchado durante años discursos de gurús de seducción que aseguran que todo funciona al revés. Que cuanto más indiferente parezcas, mejor. Que debes conservar ventaja emocional. Que tienes que generar incertidumbre. Crear un carrusel de emociones. Convertirte en una especie de droga. Confundir. Aparecer y desaparecer. Hacer que la otra persona dude.

No voy a fingir superioridad moral.

Yo también lo hice.

Lo apliqué.

Lo viví.

Vi que algunas cosas funcionaban.

Pero con el tiempo tuve que preguntarme algo mucho más incómodo:

¿funcionaban para qué?

Para seducir, quizá.

Para conseguir sexo.

Para obtener validación.

Para alimentar ego.

Para sentir que alguien me deseaba.

Pero después de todo eso, muchas veces quedaba un vacío.

Porque seducir a alguien no significa necesariamente conocerlo. Y conseguir que alguien te desee tampoco significa haber construido aquello que realmente buscabas.

Hoy puedo reconocer que muchas veces fui deshonesto conmigo mismo.

No necesariamente porque mintiera con palabras, sino porque interpretaba un personaje.

Y estoy cansado de ese personaje.

YA NO QUIERO JUGAR A ESO

Mi corazón y ese niño que habita dentro de mí no quieren convertirse en una droga para nadie.

No quieren manipular emociones.

No quieren interpretar señales durante semanas.

No quieren hacer cálculos sobre cuántas horas hay que esperar antes de responder.

No quieren fingir desinterés para parecer más interesantes.

Quieren algo muchísimo más simple y, quizá precisamente por eso, muchísimo más difícil:

amar y ser amados.

No exactamente de la misma forma. No espero que alguien ame copiando cada uno de mis gestos. Quiero descubrir su manera auténtica.

Pero sí existe dentro de mí un anhelo de encuentro.

De disposición.

De presencia.

De poder ofrecer aquello que tengo para dar y descubrir qué existe del otro lado.

Quizá lo que ese niño desea de Venus sea precisamente eso: una pequeña oportunidad de existir sin máscara.

¿Y SI PREGUNTAMOS EN VEZ DE JUGAR?

Últimamente pienso que quizá hemos complicado demasiado algo que podría empezar con una pregunta mucho más sencilla.

En lugar de intentar desesperadamente ser interesantes, ¿qué ocurriría si simplemente descubriéramos si somos interesantes para la persona que nos interesa?

Quizá no hacen falta tantas vueltas.

Tantos trucos.

Tantas estrategias.

Tanta interpretación de señales.

Tal vez podamos ser frontales.

Quiero conocerte.

Quiero saber si algo de mí también despierta curiosidad en ti.

Y a partir de ahí descubrir qué ocurre.

No sé cuándo convertimos la claridad en algo menos atractivo que el misterio artificial.

Pero personalmente estoy cansado.

Ya no quiero jugar a hacer cálculos para despertar determinada reacción.

Quiero saber qué ocurre cuando simplemente existen reacciones autenticas sin calcular nada…

EL NIÑO HERIDO COMO PUERTA

Hay algo más que he empezado a comprender.

Cuando alguien nos muestra a su niño herido, quizá estamos contemplando una de las zonas más profundas de ese ser humano.

Allí están sus vergüenzas.

Sus miedos.

Sus necesidades más antiguas.

Sus recuerdos.

Aquello que todavía lo hace temblar.

Aquello que todavía lo hace maravillarse.

Tal vez por eso me duele tanto cuando esa parte es recibida con burla o desprecio. Porque no se está mostrando una máscara social perfectamente construida. Se está abriendo una pequeña puerta hacia un mundo que normalmente permanece escondido.

Y yo sé cuánto cuesta abrir esa puerta.

Por eso anhelo tanto conocer alguna vez esa parte de Venus.

Y que ella pueda conocer la mía.

No la versión estratégica.

No la versión que sabe seducir.

No el hombre que calcula.

Sino ese lugar donde todavía existe algo tremendamente sencillo:

quiero cuidarte porque te amo.

ESTOY CANSADO DE LA MATRIX

Me siento atrapado dentro de un mundo lleno de máscaras.

Redes sociales que convierten relaciones humanas en estrategias.

Discursos donde una mujer termina reducida a un objeto que hay que conquistar y un hombre a una billetera, un estatus o una lista de logros.

Personas evaluándose como productos.

Quién vale más.

Quién tiene mejores opciones.

Quién necesita menos.

Quién demuestra menos.

Quién tiene el control.

Estoy exhausto.

Ya no me resulta divertido.

No quiero seguir escuchando cómo “generar emociones” en una mujer como si fuera un experimento. No quiero seguir pensando en personas como objetivos. No quiero seguir viviendo desde la sospecha permanente de que alguien está intentando ganar algo sobre mí.

Yo amo a Venus por cómo es.

Quisiera compartir su dolor.

Quisiera compartir su vida.

Quisiera estar allí en momentos difíciles.

Quisiera cuidarla.

Y si ella pudiera entrar por un instante dentro de mi corazón y comprobar que estas palabras no están vacías, quizá comprendería muchas cosas que desde afuera son difíciles de explicar.

La extraño.

Mi cuerpo la extraña.

Extraño su presencia.

Y esta noche escucho su canción para acercarme durante unos minutos a su recuerdo.

AMOR REFINADO

Hay una idea que llevo dando vueltas durante mucho tiempo.

Quizá exista una forma de amor que aparece antes de que nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras estrategias y nuestros prejuicios consigan contaminarla.

Un amor casi infantil.

No infantil por irresponsable.

Infantil por su capacidad de maravillarse.

Por ese impulso de dar una flor sin preguntar qué recibirás.

De escribir una carta porque existen palabras que quieren salir.

De abrazar porque quieres acercarte.

De mirar durante demasiado tiempo porque simplemente te gusta mirar.

Lo llamo amor sin maldad.

No sé si es una utopía.

Pero sé que lo he sentido.

Y también sé cuánto cuesta conservarlo en un mundo que nos enseña constantemente a protegernos detrás de capas y más capas.

Quizá el verdadero trabajo no sea aprender a amar así.

Quizá nacimos sabiendo.

Quizá el trabajo sea descubrir cuánto de aquello sobrevivió.

YO TAMBIÉN FUI PARTE DE LO QUE CRITICO

No escribo estas palabras fingiendo que siempre he vivido así.

Yo también he sido parte de ese mundo que ahora critico.

He jugado.

He utilizado estrategias.

He actuado desde el ego.

He lastimado.

He utilizado defensas para evitar que volvieran a lastimarme.

En algunos momentos llegué a convertirme precisamente en aquello que después terminé detestando.

Y lo reconozco.

Durante mucho tiempo sentí que aquello regresaba de alguna manera. Llegué a pensar en el karma, en las deudas emocionales, en el dolor que uno provoca y después termina comprendiendo cuando le toca ocupar el otro lugar.

No sé si existe una contabilidad invisible del universo.

Pero sí sé que he conocido el dolor desde ambos lados.

Y en algún momento decidí que ya no quería seguir participando en lo mismo.

HOY ELIJO OTRA COSA

Hoy soy consciente del vacio que dejan las estrategias.

Quiero ser frontal.

Quiero dejar de hacerme el interesante.

Estoy cansado de actuar como si sentir fuera un defecto que hay que ocultar.

Quiero recuperar esa parte de mí capaz de entregar algo simplemente porque le nació hacerlo.

Quiero dejar al niño salir sin tener que avergonzarlo inmediatamente después.

Quiero escuchar al adolescente cuando tenga una carta que escribir.

Quiero permitir que el adulto deje de ser únicamente el guardia que los mantiene encerrados.

Tal vez mañana vuelva a tener miedo.

Tal vez la vergüenza regrese.

Tal vez nuevamente quiera esconder todo esto al amanecer.

Pero esta noche, por lo menos, quiero dejar constancia de lo que siento…

SI TU NIÑO TAMBIÉN DESPIERTA

Si alguna vez alguien ha despertado esa parte de ti, quizá comprendas lo que intento decir.

Quizá también hayas sentido unas ganas casi absurdamente simples de dar.

De comprar algo pequeño.

De escribir.

De sorprender.

De abrazar.

De mirar.

De hacer feliz a alguien por el simple placer de verla feliz.

Y quizá después apareció la vergüenza.

Los comentarios.

Las bromas.

Las estrategias.

Las personas diciéndote que eras demasiado.

No castigues inmediatamente a esa parte de ti.

Tal vez allí existe algo que merece ser conocido antes de encerrarlo otra vez.

Tal vez puedas proteger a ese niño cuando otros se burlen, en lugar de ser tú quien termine cerrándole la puerta.

Tal vez podamos empezar a alejarnos de aquellos lugares donde sentir siempre termina convertido en motivo de vergüenza.

Y quizá podamos recuperar algo que este mundo lleva demasiado tiempo intentando convencernos de abandonar:

la capacidad de amar sin estar pensando constantemente en quién gana.

Eso es lo que hoy llamo amor sin maldad.

No sé si todavía existe en muchos lugares.

Pero sé que, por lo menos esta noche, todavía existe dentro de mí.

Y mientras exista, quiero al menos por esta noche permitirle respirar…

Si estas palabras también tocaron algo dentro de ti, o te pasa algo como esto, puedes unirte a La Orden del Corazón.

— El Cuervo de Corazones

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