HERIDAS Y LENGUAJES… UNA PROPUESTA…
Esta noche escribo con la luz apagada. Afuera existe el mundo; aquí dentro apenas la oscuridad, la madrugada y la luz de una pequeña galaxia encerrada en una burbuja que cambia de colores. Y llueve en mis ojos.
Escribo desde el dolor, buscando respuestas para relaciones que existen, relaciones que terminan y el anhelo de vivir una relación con VENUS que hoy está lejos y no puedo sacar de mi mente sus ojos, mi realidad es devastadora esto tal vez es una utopía de la que quiero dejar un registro porque en la realidad esto que escribo no existe ni lo he vivido… inevitablemente proyecto cuando intento imaginar qué tendría que ocurrir para que dos personas vivan un amor puro y tal vez que puedan envejecer juntas.
No estoy intentando descubrir una fórmula para conseguir que alguien se quede. No creo que exista. Estoy intentando algo distinto: preguntarme qué podríamos conocer el uno del otro antes de empezar a herirnos por aquello que nunca nos atrevimos a explicar.
A lo largo de los años he estudiado diferentes disciplinas y una de las cosas que más me ha fascinado es comprender al ser humano: sus contradicciones, sus defensas, aquello que dice, aquello que calla, lo que necesita y muchas veces ni siquiera sabe pedir. Y esta noche hay dos ideas que vuelven constantemente a mi cabeza. Dos mapas que quizá podrían cambiar muchas conversaciones dentro de una relación:
LOS LENGUAJES DEL AMOR Y LAS HERIDAS DEL ALMA
Los comienzos suelen ser maravillosos. Está la novedad, la curiosidad, las conversaciones interminables, la emoción de descubrir al otro. Una canción parece hablar exactamente de esa persona, una mirada puede acompañarte durante todo el día y un beso puede sentirse como si hubiera llegado desde otra dimensión.
Pero durante esa etapa podemos confundir fácilmente quién es realmente la persona que tenemos delante con quién esperamos que llegue a ser. Ahí empieza la proyección. Esperamos determinadas palabras, gestos, demostraciones y respuestas; y cuando no aparecen podemos concluir que al otro no le importamos, aunque quizá esté intentando amarnos de una manera que nosotros no sabemos reconocer.
Gary Chapman popularizó la idea de los lenguajes del amor: palabras de afirmación, tiempo de calidad, actos de servicio, regalos y contacto físico. No creo que un ser humano pueda ser reducido limpiamente a cinco casillas, pero la pregunta que existe detrás del modelo me parece valiosa:
¿Cómo reconoces tú el amor cuando alguien intenta dártelo? ¿Y cómo lo entregas cuando eres tú quien ama?
Quizá yo escribo una carta de diez páginas porque esa es una de mis formas más profundas de decir: te veo, pensé en ti, te llevo conmigo. Pero quizá para la persona que tengo enfrente esa carta no significa lo mismo. Tal vez ella necesita que deje el teléfono a un lado y esté una hora completamente presente. Tal vez yo diga te amo con palabras y ella lo diga preparando algo cuando sabe que estoy agotado.
Qué tragedia tan silenciosa sería que dos personas se quisieran y, aun así, ambas se sintieran poco amadas porque nunca aprendieron a traducirse.
Por eso yo preferiría preguntar antes que adivinar. Observar. Aprender. No construir una versión imaginaria de VENUS y después reclamarle por no comportarse como esa mujer que yo mismo inventé.
EL OTRO MAPA: ¿DÓNDE TE DUELE?
Existe otra idea que me intriga profundamente. La escritora Lise Bourbeau propone cinco grandes heridas emocionales: rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia. No las tomaría como un diagnóstico ni como una verdad absoluta, pero sí como una invitación a hacer una pregunta mucho más importante:
¿Dónde aprendiste a tener miedo?
¿Qué experiencia hizo que algo aparentemente pequeño tenga un peso gigantesco para ti? ¿Qué significa para ti que alguien se aleje? ¿Qué ocurre dentro de ti cuando no recibes respuesta? ¿Qué significa una crítica, un silencio, sentirte reemplazado o que alguien incumpla algo que prometió?
Porque una de las cosas más destructivas que podemos hacer dentro de una relación es juzgar el dolor del otro desde nuestra propia historia.
“Eso es una tontería.”
“Estás exagerando.”
“No es para tanto.”
“Yo no me pondría así.”
Precisamente: tú no eres esa persona. No viviste lo mismo. No aprendiste sus mismos miedos. No construiste sus mismas defensas.
La pareja ocupa un lugar tan íntimo que inevitablemente puede tocar zonas que otras personas jamás alcanzan. Quizá por eso puede convertirse tanto en lugar de amor como en lugar donde antiguas heridas vuelven a salir a la superficie.
¿SANAR SOLO?
Aquí aparece una frase que escuchamos constantemente: “Eso tienes que sanarlo tú.”
Hay una parte de esa idea que considero cierta. Mi pareja no puede hacer mi proceso por mí. No debería responsabilizarla de regular cada una de mis emociones. No puede convertirse en mi terapeuta. Tampoco puedo utilizar mis heridas para justificar control, persecución, celos, manipulación o invasión. Mi dolor sigue siendo mi responsabilidad.
Pero entonces aparece mi pregunta:
¿DESDE CUÁNDO RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL SIGNIFICA SOLEDAD OBLIGATORIA?
¿Por qué trabajar una herida tendría que significar hacerlo completamente aislado de la persona con la que compartimos la vida?
Quizá sanar sea individual, pero acompañar puede ser compartido.
Una pareja quizá no pueda eliminar mi miedo al abandono, pero puede decirme: “Entiendo que esto te hizo sentir así. Estoy aquí.” Puede abrazarme. Puede escucharme sin convertir inmediatamente mi dolor en un problema que debe solucionar. Puede preguntarme por qué determinada situación me afecta. Puede conocer mi historia. Puede decidir no utilizar aquello que le confesé en vulnerabilidad como munición durante una discusión.
Y yo puedo hacer exactamente lo mismo por ella.
¿Eso necesariamente es dependencia? Yo creo que existe una enorme diferencia entre depender de alguien para poder existir y permitir que alguien nos acompañe mientras atravesamos nuestra existencia.
No sueño con dos personas incapaces de vivir por sí mismas, pero tampoco con dos fortalezas autosuficientes compartiendo techo mientras se enorgullecen de no necesitar jamás nada del otro. Anhelo algo más parecido a la interdependencia: dos adultos que pueden sostenerse, pero que también pueden mirarse y decir sin vergüenza:
“Hoy necesito tu mano.”
LA CONVERSACIÓN QUE YO QUERRÍA TENER CON VENUS
Esta noche, mientras la tormenta continúa detrás de mis ojos y esa pequeña galaxia sigue iluminando la habitación, imagino una escena.
No una cena perfecta. No un viaje. No una fotografía hermosa.
Una hoja. Dos personas. Y preguntas.
Me gustaría poder escribir:
“Esto me duele.”
“Esto me asusta.”
“Cuando ocurre esto, reacciono de esta manera.”
“Así suelo demostrar amor.”
“Así necesito sentirlo.”
“Cuando me alejo, no siempre significa lo que imaginas.”
“Cuando necesito cercanía, no significa necesariamente aquello que temes.”
Y después recibir su hoja.
Leerla despacio. Sin defenderme. Sin corregirla. Sin decirle que determinada herida es absurda. Quisiera conocer aquello que quizá el resto del mundo no ve.
Después investigar juntos. Preguntar. Hablar. Descubrir nuestros lenguajes, nuestras heridas, nuestras diferencias y empezar a construir tres palabras que repetimos constantemente, pero que quizá no comprendemos con suficiente profundidad:
COMUNICACIÓN, RESPETO y CONFIANZA.
No desde la superficie. Desde el conocimiento real del otro.
CONOCERTE SIN ARMADURA
Quizá esta sea la parte más rebelde de mi propuesta.
Existen discursos enteros destinados a enseñarnos cómo parecer más deseables: no demuestres demasiado interés, no contestes tan rápido, conserva el misterio, muestra valor, no reveles inseguridades, deja que te persigan.
Mi propuesta quiere caminar en sentido contrario.
No quiero aprender a construir una máscara suficientemente atractiva para conseguir que alguien se enamore de mí. Quisiera saber si dos personas pueden hacer algo mucho más arriesgado:
QUITÁRSELA.
Decirte dónde soy vulnerable. Escuchar dónde lo eres tú. Saber dónde podría herirte y, precisamente porque lo sé, elegir no hacerlo.
Dejar que alguien conozca aquello que podría darle poder sobre mí y descubrir con el tiempo que decidió utilizar ese conocimiento para proteger el vínculo, no para dominarme.
Eso, para mí, sería confianza.
No decir: “Sé que jamás podrás lastimarme.”
Sino:
“Sé que podrías hacerlo porque conoces mis lugares más frágiles, pero he aprendido que eliges cuidarlos.”
TAL VEZ PODRÍAMOS AHORRARNOS ALGUNAS CICATRICES
No creo que conocer nuestros lenguajes y nuestras heridas garantice que una relación vaya a durar. Sería ingenuo afirmarlo.
Existen incompatibilidades, falta de reciprocidad, decisiones diferentes, proyectos de vida que no coinciden y comportamientos que ninguna explicación de la infancia vuelve aceptables. Hay relaciones que deben terminar. Y conocer profundamente a alguien tampoco garantiza que esa persona vaya a elegir quedarse.
Pero sí me pregunto cuántas rupturas empezaron mucho antes de romperse.
Cuántas comenzaron con una necesidad que nunca fue expresada. Con una herida ridiculizada. Con una forma de amar que nadie supo traducir. Con dos egos defendiéndose cuando debajo simplemente había dos personas asustadas intentando pedir algo… ¿Cuantas parejas pudieron haber llegado a envejecer juntas si tan solo hubieran hecho esto?
Quizá este ejercicio no evite todas las heridas.
Pero si consigue evitar algunas, no crees que valdría la pena intentarlo.
¿SON ENTONCES LA CLAVE?
No lo sé.
Y quizá el no vivirlo no me da la autoridad para saber si esto es tal vez una utopía en este mundo…
No quiero convertir los lenguajes del amor ni las heridas emocionales en nuevas leyes universales. Prefiero imaginarlos como dos mapas encima de una mesa.
Uno pregunta:
¿Cómo puedo amarte de una manera que tú puedas reconocer?
El otro:
¿Dónde debo caminar con mayor cuidado porque allí existe una historia que todavía duele?
Tal vez ninguna pareja necesite utilizar exactamente estos modelos. Pero me cuesta imaginar que conocer profundamente las respuestas a esas dos preguntas sea inútil.
Y SI YO NUNCA LLEGO A VIVIRLO…
Hay algo doloroso en escribir una propuesta que quizá nunca llegue a utilizar.
No sé si algún día podré sentarme frente a VENUS y enseñarle estas páginas. No sé si existirá en mi vida de la manera en que alguna parte de mí todavía imagina. No sé si alguna vez tendremos esa hoja delante.
Duele tener ideas que quisieras convertir en actos y descubrir que el conocimiento a veces en vez de ayudar genera frustración.
Puedes estudiar mucho sobre relaciones. Puedes amar enormemente. Puedes tener buenas intenciones.
Y aun así no puedes construir una relación tú solo.
Esa también es parte de la realidad.
Pero quizá una idea no pierde su valor porque quien la escribió todavía no haya podido vivirla.
Por eso la dejo aquí.
Para ti. Para alguna pareja que esté empezando. Para dos sintientes que hayan tenido la inmensa fortuna de encontrarse en eso que yo llamo la Coincidencia.
Si tienen esa fortuna, prueben algo: antes de preocuparse únicamente por gustarse, conózcanse.
Pregunten cómo ama el otro. Cómo necesita sentirse amado. Qué le duele. De dónde viene ese dolor. Qué necesita cuidar. Permitan que el otro conozca también sus lugares vulnerables.
Y después observen qué hacen ambos con ese conocimiento.
Porque quizá allí exista una prueba más profunda del amor que cualquier estrategia de seducción:
CONOCER EL LUGAR EXACTO DONDE PODRÍAS HERIR A ALGUIEN Y ELEGIR CONVERTIRTE EN QUIEN LO PROTEGE.
Esta noche sigo aquí. La galaxia continúa encendida. La lluvia todavía no termina.
Y sigo sin saber si esta propuesta es idealismo, ingenuidad o una posibilidad que merece ser explorada.
Pero si algún sintiente de este planeta llega a intentarlo y descubre algo valioso, quizá algún día encuentre el camino de regreso hasta este Refugio y me lo cuente.
Me gustaría saber que estas letras, nacidas esta noche entre lágrimas y anhelos, consiguieron llegar hasta una relación donde sí pudieron convertirse en vida.
— El Cuervo de Corazones
