¿Y SI UN METEORITO CAYERA?
Escribo esto esta noche con una guerra interna ardiendo. Una parte de mí intenta contener lo que siente y otra quiere abrir las compuertas y dejarlo salir todo. No es una sensación nueva. Durante años he sido criticado precisamente por eso: por darle demasiada importancia a las palabras, por expresar demasiado, por intentar vivir con una intensidad que para otras personas resulta incómoda. He escuchado muchas veces que debería controlar más lo que siento, guardar ciertas cosas, no entregar tanto significado a momentos que quizá para alguien más fueron solamente momentos. Sin embargo, hay algo dentro de mí que continúa rebelándose contra esa manera de pasar por la vida. Cuando algo me importa, quiero estar ahí de verdad. Cuando abrazo, quiero recordar ese abrazo. Cuando beso, quiero estar completamente presente. Cuando comparto una noche, una conversación, una canción o una caminata con alguien que despierta algo extraordinario dentro de mí, no quiero vivirlo pensando en cómo parecer menos interesado. Quiero vivirlo entero.
Con Venus me ha ocurrido exactamente eso. Cada caricia, cada beso, cada pequeño instante que quizá desde afuera podría parecer insignificante quedó guardado dentro de mí como una especie de pequeña eternidad. No quiero borrarlos. Esta noche la extraño. Pienso demasiado en ella y, naturalmente, una parte de mí desearía ese improbable salto de fe en el que pudiera mirar todo esto y creer que quizá las cosas pueden hacerse de una manera diferente; que las palabras pueden decir exactamente lo que dicen; que el afecto no siempre es una estrategia; que alguien puede acercarse sin esconder una intención oscura detrás. Pero entiendo también la dificultad de creerlo. Vivimos rodeados de ruido, juegos, promesas rotas, personas que dijeron cosas hermosas para conseguir algo y vínculos que enseñaron a muchos a sospechar incluso de aquello que parece bueno. ¿Cómo distinguir entonces una palabra auténtica de otra fabricada? ¿Cómo pedirle a alguien que crea cuando quizá la vida le enseñó precisamente lo contrario?
Hay, sin embargo, una pregunta extraña que desde hace tiempo funciona dentro de mí como una brújula. Es absurda, extrema y quizá precisamente por eso consigue atravesar todas las excusas con las que solemos protegernos:
¿Y SI UN METEORITO CAYERA?
No hablo realmente de astronomía. Tampoco vivo esperando el fin del mundo. El meteorito es una pregunta.
¿Qué harías diferente si supieras que mañana todo termina?
¿Qué llamada realizarías?
¿Qué viaje dejarías de aplazar?
¿A quién abrazarías?
¿Qué conversación tendrías por fin?
¿Qué palabras dejarías de guardar?
¿De qué orgullo te desprenderías inmediatamente al comprender que dentro de unas horas ya no serviría para absolutamente nada?
Esa pregunta me inquieta porque desnuda muchas cosas que consideramos importantes. El ego, las estrategias, las ventajas emocionales, quién escribió primero, quién demostró más, quién quedó aparentemente en una posición de poder. Imagina que esta noche observamos las noticias y nos dicen que un cuerpo celeste viene hacia nosotros y que no existe ninguna posibilidad de evitar el impacto. De repente una inmensa cantidad de nuestras preocupaciones perdería valor. Nadie estaría pensando: “No voy a escribirle porque ayer fui yo quien inició la conversación”. Nadie estaría haciendo cálculos sobre cuánto tiempo esperar antes de responder para conservar misterio. Probablemente estaríamos intentando llegar hasta las personas que amamos.
Y eso me obliga a hacerme otra pregunta mucho más incómoda:
¿Por qué necesitamos saber que vamos a morir para empezar a vivir de esa manera?
LOS QUE VOLVIERON
He escuchado muchas veces historias de personas que sobrevivieron a una enfermedad grave, a un accidente o a una situación en la que estuvieron realmente cerca de morir. Naturalmente no todas reaccionan igual, pero aparece repetidamente una idea: después de mirar de frente la fragilidad de la propia existencia, algunas prioridades cambian. Cosas que antes parecían inmensas dejan de importar y otras, aparentemente pequeñas, adquieren una dimensión completamente distinta. Una comida con alguien, una llamada, el cuerpo funcionando, salir a caminar, decir “te quiero”, mirar un atardecer, reconciliarse, viajar, comenzar aquello que llevaba años esperando.
Quizá durante unos instantes desaparece la fantasía de que tenemos todo el tiempo del mundo.
Yo creo en Dios, aunque no necesariamente en la versión delimitada por iglesias, dogmas o instituciones. Creo que existe algo que nos supera, algo que todavía no comprendo y frente a lo cual nuestra existencia humana es tremendamente pequeña. Y quizá por eso la imagen del meteorito me produce un efecto casi espiritual: me recuerda que somos extraordinariamente vulnerables. Existimos durante un intervalo ridículamente breve en comparación con la historia del universo y, aun así, conseguimos desperdiciar años enteros protegiendo orgullos que morirán exactamente el mismo día que nosotros.
VIVIR UN VÍNCULO AL LÍMITE
Cuando digo que quisiera vivir una relación al límite no estoy hablando de toxicidad. No quiero decir vigilar al otro, asfixiarlo, exigir disponibilidad permanente, convertir el amor en una prueba constante ni utilizar la intensidad como permiso para invadir la libertad de otra persona. No quiero un amor que destruya la individualidad.
Cuando digo “al límite” estoy hablando de presencia.
Si vamos a caminar, caminar.
Si vamos a besarnos, besar.
Si vamos a conversar, escuchar.
Si amas a alguien, procurar que esa persona pueda saberlo sin tener que interpretar veinte señales contradictorias.
Si existe un problema, hablarlo antes de que el silencio se pudra.
Si existe un viaje que ambos sueñan hacer y las condiciones permiten hacerlo, dejar de tratar la vida como si siempre existiera otro año disponible.
Si tienes delante a alguien extraordinario, no convertir su presencia en parte del mobiliario solamente porque lleva años a tu lado.
Eso es para mí vivir un vínculo al límite: recordar que aquello que hoy parece cotidiano algún día podría convertirse en un recuerdo por el que daríamos cualquier cosa con tal de regresar durante cinco minutos.
Hoy, precisamente, en una clase de arte una mujer me contó que su esposo le había sido infiel. Había terminado la relación porque aquello le producía un dolor que no sabía dónde poner y trataba de ocupar su tiempo para evitar pensar demasiado. Mientras la escuchaba me volvió la misma pregunta: ¿en qué momento dejamos de mirar a la persona que tenemos enfrente? ¿En qué momento alguien que un día fue extraordinario empieza a convertirse en paisaje? No conozco su matrimonio ni puedo juzgar lo ocurrido desde una conversación breve, pero sí me quedó rondando la idea de cuántas relaciones mueren lentamente antes de terminar oficialmente porque las personas comenzaron a actuar como si el otro fuera permanente.
Tenemos la absurda tendencia de cuidar con especial atención aquello que tememos perder y descuidar aquello que sentimos asegurado.
Quizá recordar que nada está asegurado podría cambiar algo.
EL METEORITO DENTRO DE UNA RELACIÓN
Imagina por un momento que estás atravesando una etapa difícil con tu pareja. Hay cansancio, pequeñas heridas acumuladas, conversaciones pendientes y una rutina que ha ido cubriendo todo. Después imagina que ambos descubren que solamente queda una semana.
¿Continuarían la misma discusión de la misma manera?
¿Seguirían guardando aquello que ninguno quiere decir primero?
¿Aplazarían otra vez esa salida?
¿Seguirían durmiendo mirando hacia lados contrarios de la cama esperando que el otro sea quien ceda?
Tal vez sí. Los seres humanos somos complicados. Pero sospecho que muchas personas mirarían al otro de manera diferente.
Quizá alguien diría por fin: “Estoy enfadado, pero no quiero perder estos últimos días intentando demostrar quién tenía razón”.
Quizá otro admitiría: “Te he descuidado”.
Quizá alguien confesaría: “Esto me dolió mucho y estaba demasiado orgulloso para decírtelo”.
Quizá otros simplemente se tomarían de la mano.
El meteorito no solucionaría sus problemas.
Les quitaría la ilusión de tiempo infinito.
Y quizá eso es lo único que necesitamos tomar de él.
VENUS
Por eso esta pregunta aparece también cuando pienso en Venus.
En este momento me siento lejos de ella. A veces incluso ajeno a su mundo. Intento aprender qué hacer con lo que siento porque anhelar a alguien no significa que esa persona deba abrirte un espacio en su vida.
Puedo extrañarla.
Puedo anhelarla.
Puedo recordar.
Puedo escribir sobre aquello que despertó dentro de mí.
Y precisamente por eso la pregunta del meteorito para mí significa: cuando realmente exista algo que deba decir, quiero intentar decirlo con honestidad, una vez que corresponda, sin manipulación, sin estrategia y estando presente en mi existencia sin importar lo que pase…
Porque si el meteorito viniera esta noche, no querría utilizar nuestras últimas horas intentando convencer a alguien de amarme.
Querría que supiera la verdad.
Te amo…
Me importas…
Aquello que vivimos significó tantas cosas para mí…
Y después dejaría que esa verdad existiera sin exigirle nada…
Quizá esa sea una de las formas más difíciles de valentía emocional: expresar algo profundamente sin importar lo que pase…
EL ARREPENTIMIENTO QUE PREFIERO
Hay dos tipos de arrepentimiento que me persiguen de maneras muy distintas. Existe el arrepentimiento de haber hecho algo que salió mal y existe el arrepentimiento de no haber averiguado nunca qué habría pasado.
Entre ambos, muchas veces prefiero cargar con el primero.
Prefiero saber que escribí aquella carta y que no produjo aquello que deseaba, antes que pasar años imaginando qué habría ocurrido si la hubiera escrito. Prefiero haber realizado una propuesta y escuchar un no a fabricar durante años cientos de universos alternativos en mi cabeza. Prefiero haber dicho “te quiero” cuando era honesto decirlo y descubrir que no era correspondido, que convertirme en un especialista en insinuaciones que jamás descubre la verdad.
Prefiero dar el 101 % a quién despertó mi corazón… que quedarme con las dudas…
Mientras exista la vida y pueda respirar, quiero intentar vivir sin cobardía emocional…
Y después aceptar las consecuencias…
Quizá resulte bien…
Quizá no ocurra absolutamente nada…
Quizá termine nuevamente con el corazón roto…
Pero hay algo peor para mí que el fracaso:
Haber construido toda mi vida alrededor del miedo a descubrir la respuesta…
LA TIRANÍA DEL DESPUÉS
Una de nuestras palabras favoritas es “después”.
Después hacemos ese viaje.
Después hablamos.
Después recuperamos la pasión.
Después aprendemos algo juntos.
Después visitamos ese sitio.
Después arreglamos lo nuestro.
Después le escribo.
Después le digo cuánto significa para mí.
Después paso tiempo con mis padres.
Después veo a mis amigos.
Después empiezo ese proyecto.
Después vivo.
Y lo terrible de “después” es que durante muchos años funciona.
Mañana llega.
Después llega.
Tenemos otra oportunidad.
Hasta que un día no.
No hace falta que realmente caiga un meteorito. Cada uno de nosotros ya tiene uno.
Se llama tiempo.
Está acercándose desde el día en que nacimos.
No sabemos cuándo llegará.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea:
“¿Qué haría si supiera que mañana voy a morir?”
Sino:
“¿Por qué estoy esperando a saberlo para hacerlo?”
NO QUIERO UNA VIDA SIN HERIDAS
Esta noche continúo sintiendo cosas que a veces preferiría no sentir. Continúo extrañando. Continúo teniendo deseos que quizá jamás ocurran. Continúo sosteniendo palabras que debo decidir cuándo expresar y cuándo dejar simplemente aquí, dentro de estas páginas.
Y sí, a veces me pregunto si todo sería más sencillo siendo diferente.
Más frío.
Más calculado.
Más estratégico.
Pero después recuerdo los instantes que he vivido precisamente porque no estaba anestesiado. Recuerdo una caricia. Una mirada. Una canción. Una conversación absurda. Un beso. Una madrugada. Esas pequeñas eternidades que solamente pudieron entrar en mí porque había una parte abierta para recibirlas.
Entonces comprendo algo.
No quiero una vida donde jamás me rompan el corazón si el precio es vivir con un corazón incapaz de romperse porque tampoco puede amar.
No quiero aprender a sentir menos simplemente para sufrir menos.
Porque quizá protegernos de todo dolor termine protegiéndonos también de toda vida.
SI EL METEORITO CAYERA ESTA NOCHE
Así que te dejo la pregunta que esta noche me estoy haciendo yo.
No necesitas responderme.
Respóndetela a ti.
Si esta noche miraras hacia arriba y vieras atravesar el cielo ese meteorito imposible, sabiendo que mañana ya no existe…
¿A quién llamarías?
¿Qué dejarías de discutir?
¿A quién perdonarías?
¿Qué viaje intentarías hacer aunque fuera solamente hasta el parque de la esquina?
¿A quién besarías?
¿Qué carta entregarías?
¿Qué proyecto comenzarías?
¿Qué verdad admitirías?
¿Qué palabras de amor siguen guardadas porque todavía estás esperando el momento perfecto?
Y, sobre todo:
¿Cuántas de esas cosas realmente necesitan un meteorito para que te atrevas a hacerlas?
Yo todavía estoy aprendiendo mi respuesta.
Esta noche sigo teniendo miedo. Sigo librando mi propia guerra interna. Sigo preguntándome cuándo hablar, cuándo callar, cuándo luchar y cuándo aceptar.
Pero hay una cosa que comienzo a tener clara.
Cuando llegue el final —sea mañana o dentro de cincuenta años— no quiero que mi última conversación conmigo mismo esté llena de frases como:
“Debí haberle dicho.”
“Debí haber ido.”
“Debí haber amado.”
“Debí haber intentado.”
Prefiero algunas cicatrices.
Prefiero algunos no.
Prefiero incluso algunas historias que terminaron mal.
Porque significará que durante ese diminuto segundo que me correspondió dentro del universo, al menos durante algunos instantes, estuve completamente vivo.
Y si alguna vez dudas si decir aquellas palabras sinceras que tienes atravesadas en el pecho, quizá puedas hacerte la misma pregunta que yo:
Si un meteorito cayera esta noche, ¿seguirías queriendo llevártelas contigo?
– EL CUERVO DE CORAZONES
