¿Y SI DEJO DE SENTIR?
Hoy vuelvo a escribir con la cara lluviosa. Estoy agobiado por un dolor que, en momentos como este, parece ocuparlo todo. Llegan recuerdos de ocasiones en las que quedé expuesto, de antiguas humillaciones y de momentos en los que mostrar lo que sentía terminó convirtiéndose en algo que habría querido esconder.
Lo que ocurre dentro de mí es distinto. Es como si el presente hubiera abierto habitaciones antiguas y detrás de cada puerta aparecieran heridas, recuerdos, miedos y una pregunta que últimamente vuelve con demasiada fuerza:
¿Y SI DEJO DE SENTIR?
La pongo sobre una balanza.
De un lado está la posibilidad de seguir soñando con aquello que considero hermoso: un anhelo profundo, una conexión, unas palabras de amor, la posibilidad de compartir la vida con alguien. Esa clase de amor que muchas personas dicen desear, hasta que aparece de una forma que quizá resulta demasiado intensa, demasiado vulnerable o demasiado difícil de encajar.
Del otro lado está el cansancio.
Estoy exhausto de que esto despierte dentro de mí y tantas veces no encuentre dónde existir. Y resulta todavía más extraño pensar que, cuando alguna vez existe un lugar posible, quizá aquello que uno necesita sentir no despierta de la misma manera.
Ya escribí anteriormente sobre la Descoincidencia: ese extraño desencuentro entre sentir, momento, persona y posibilidad.
Pero esta noche la pregunta es otra.
¿Qué ocurre cuando después de suficientes descoincidencias uno empieza a pensar que quizá la única forma de dejar de sufrir sea dejar de sentir?
“OLVIDAR A ALGUIEN”
Hay algunas frases que escucho una y otra vez y que ya no consigo aceptar de la misma manera.
Una de ellas es:
“Tienes que olvidarla.”
¿Qué significa realmente olvidar a alguien?
Para mí, las personas importantes no desaparecen de la memoria como si pudiéramos borrar un archivo. Podemos dejar de sentir determinadas cosas. Podemos acostumbrarnos a una ausencia. Podemos mirar un recuerdo muchos años después y descubrir que ya no produce la misma tormenta.
Pero eso no significa necesariamente que olvidamos.
Significa que el tiempo transformó nuestra relación con aquello que ocurrió.
Las personas permanecen en canciones, lugares, objetos, palabras, decisiones, cicatrices y formas nuevas de mirar el mundo. Algunas experiencias incluso participan silenciosamente en las relaciones que llegan después.
Por eso no me interesa demasiado la idea de “olvidar”.
Me interesa otra pregunta:
¿Qué haces con aquello que permanece cuando la vida ya continuó?
“YA NO SIENTO NADA”
Hay otra frase que también me provoca:
“Ya no siento nada.”
Tal vez para algunas personas sea absolutamente cierta. Pero en mi experiencia, muchas veces lo que desaparece no es necesariamente toda emoción, sino su expresión.
Dejas de decir.
Dejas de escribir.
Dejas de preguntar.
Dejas de mostrar.
Guardas determinadas cosas en algún rincón del corazón porque aprendiste que mostrarlas puede doler.
Y desde afuera parece indiferencia.
Yo mismo he intentado vivir así.
He intentado guardar.
He intentado aparentar.
He intentado convertirme en alguien a quien ciertas cosas ya no le afectan.
A veces incluso lo he conseguido.
El problema es lo que ocurre dentro.
Porque mientras afuera existe silencio, dentro puede seguir existiendo un ruido insoportable.
Y ahí es donde aparece nuevamente mi pregunta:
¿de verdad quiero convertirme en alguien que ya no siente, o simplemente quiero dejar de sufrir por sentir?
No estoy seguro de que sean la misma cosa.
EL METEORITO
A veces pienso en algo absurdo.
Imagina que mañana descubriéramos que un meteorito viene directamente hacia la Tierra.
No dentro de cien años.
Mañana.
Nos quedan horas.
De pronto muchas de las estructuras que construimos para protegernos perderían importancia.
El orgullo.
Quién escribió primero.
Quién parecía necesitar menos.
Quién tenía ventaja.
Quién quedó más expuesto.
Quién dijo demasiado.
Muchas de nuestras estrategias emocionales quedarían reducidas a polvo antes que el propio planeta.
Y entonces me pregunto:
¿Qué palabras lamentaría no haber dicho?
Si el mundo terminara mañana, ¿me daría vergüenza haber pronunciado unas palabras de amor?
¿O me dolería mucho más descubrir que las tuve durante años dentro de mí y jamás tuvieron la oportunidad de existir fuera?
Esa imagen me golpea.
Porque quizá dedicamos demasiado tiempo a construir escudos para evitar una posible humillación y demasiado poco a preguntarnos qué precio pagamos por vivir detrás de ellos.
LAS PALABRAS QUE NO DIJIMOS
Hoy escribo este artículo también para recordarme algo a mí mismo.
No quiero arrepentirme de haber sido sincero con aquello que sentí.
Quizá algunas palabras no produjeron el resultado que yo deseaba.
Quizá algunas historias no pudieron convertirse en aquello que imaginé.
Quizá ciertas declaraciones terminaron seguidas por noches como esta.
Pero aun así existe una tranquilidad extraña en poder mirar atrás y decir:
“Eso era lo que sentía y tuve el valor de decirlo.”
Porque conozco el otro escenario.
El de guardar una frase durante años.
El de preguntarte qué habría ocurrido si la hubieras pronunciado.
El de imaginar conversaciones que jamás existieron.
El de escribir cartas que nunca salieron de un cajón.
El de descubrir demasiado tarde que el silencio también puede convertirse en arrepentimiento.
¿ENTONCES HAY QUE DECIRLO TODO?
No sé si existe una respuesta universal.
Este artículo tampoco pretende convertirse en un manual.
Es una pregunta escrita desde mi propia tormenta.
Lo que sí sé es que estoy cansado de sentir que toda expresión emocional debe pasar primero por una calculadora.
¿Cuánto puedo decir?
¿Cuánto debo callar?
¿Cuánto sentimiento es demasiado?
¿Cuántas palabras me hacen parecer vulnerable?
¿Cuánto debo esperar antes de admitir que alguien importa?
Hay momentos en los que el corazón parece convertirse en un departamento de relaciones públicas encargado de revisar cada frase antes de permitirle salir.
Y algo dentro de mí se rebela contra eso.
No quiero que cada palabra hermosa que diga sea una estrategia.
No quiero que un “te extraño” tenga que calcular quién gana o pierde poder.
No quiero escribir una carta pensando primero en qué imagen proyectará de mí.
Quisiera poder mirar aquello que siento y decir:
“Esto existe dentro de mí.”
Nada más.
EL PRECIO DE CONVERTIRSE EN PIEDRA
Porque dejar de sentir también tiene un precio.
Esa es la parte que aparece cuando imagino seriamente la posibilidad.
Sí, quizá una piedra sufre menos por amor.
Pero tampoco escribe cartas.
No contempla una pequeña galaxia y recuerda un beso.
No escucha una canción y siente que durante unos minutos el universo entero cabe dentro de unas notas.
No anhela.
No se maravilla.
No tiembla antes de entregar un regalo.
No sueña con envejecer junto a alguien.
Entonces la pregunta cambia.
Ya no es únicamente:
¿Cuánto dolor podría evitar si consiguiera dejar de sentir?
También es:
¿Cuánta belleza tendría que sacrificar para conseguirlo?
Y esa segunda pregunta es mucho más difícil.
TAL VEZ NO QUIERO DEJAR DE SENTIR
Quizá lo que quiero es descansar.
Quizá quiero que deje de doler por un rato.
Quizá quiero una noche en la que el corazón permanezca tranquilo y no tenga que discutir con recuerdos, posibilidades y ausencias.
Quizá cuando digo “quiero dejar de sentir” en realidad estoy diciendo:
“Estoy agotado de que sentir me duela tanto.”
Y existe una diferencia.
Porque una cosa es querer destruir el corazón.
Otra muy distinta es querer que deje de sangrar.
No sé todavía cómo se consigue lo segundo sin intentar lo primero.
Tal vez por eso sigo escribiendo.
ESTE ARTÍCULO ES UN ACTO DE REBELDÍA
Hoy escribo estas palabras para dejar constancia de algo mientras todavía puedo reconocerlo.
Sentí.
Amé.
Anhelé.
Extrañé.
Dije palabras que quizá habría sido más fácil guardar.
Y aunque algunas hayan terminado formando parte de mi dolor, no quiero obligarme a considerarlas un error simplemente porque la historia no terminó como deseaba.
Si algún día mi manera de relacionarme con todo esto cambia, quiero poder regresar a estas páginas y recordar quién era el hombre que las escribió.
Un hombre cansado.
Un hombre con la cara mojada.
Un hombre preguntándose seriamente si sería más sencillo convertirse en piedra.
Pero también un hombre que todavía encontraba suficiente vida dentro de sí para escribir:
“No quiero arrepentirme de haber dicho las palabras de amor que realmente sentía.”
PARA QUIEN TODAVÍA TIENE ALGO QUE DECIR
Quizá tú también tienes palabras guardadas.
Una carta que nunca escribiste.
Un “te quiero”.
Un “te extraño”.
Un “me importaste más de lo que alguna vez admití”.
Un sueño que jamás confesaste porque te pareció demasiado grande.
No puedo decirte qué debes hacer con esas palabras.
Solo puedo decirte por qué yo estoy escribiendo las mías.
Porque el silencio también pesa.
Porque los escudos también cansan.
Porque fingir que nada importa puede convertirse en otra forma de dolor.
Y porque, mientras tenga este lugar, quiero poder escribir aquello que fuera de aquí muchas veces termino reprimiendo.
Ese es también uno de los motivos por los que existe El Refugio del Corazón.
Un lugar para quienes todavía están intentando responder la misma pregunta que esta noche vuelve a perseguirme:
¿Y SI DEJO DE SENTIR?
Tal vez algún día encuentre una respuesta diferente.
Pero hoy, en medio de esta tormenta, creo que todavía prefiero buscar una manera de conservar el corazón antes que celebrar su desaparición.
Quizá eso sea este Refugio.
No la prueba de que ya aprendí a dejar de sufrir.
Sino la prueba de que, incluso cansado de sentir, todavía no he renunciado completamente a aquello que siento.
— El Cuervo de Corazones
