Antes de empezar este artículo quiero dejar esta canción con su letra que me acompaña a escribir este post, es un cover precioso y su letra acaricia mi corazón en medio de lo que siento esta madrugada…

 

Hoy escribo con el cansancio de un corazón que anhela cosas que, en este momento, parecen imposibles. Un corazón que todavía imagina momentos, detalles y pequeñas escenas que solamente quisiera vivir con VENUS.

Esta tarde salí a caminar. En algún momento vi a una pareja sentada en una banca de un parque. Estaban molestos. Discutían. No conozco su historia, no sé qué había ocurrido antes de que yo pasara por allí, pero verlos hizo regresar a mi cabeza algo sobre lo que ya había escrito parcialmente y que hoy quiero desarrollar mucho más.

Hace poco hablé sobre la cultura del reemplazo, sobre esta sensación contemporánea de que una pareja puede convertirse rápidamente en alguien sustituible. Pero mientras observaba aquella escena apareció nuevamente una expresión en mi cabeza:

VENTAJA EMOCIONAL

Creo que se ha convertido en uno de los escudos más fuertes de nuestra época.

La ventaja emocional aparece cuando una relación comienza a sentirse como una partida donde, consciente o inconscientemente, alguien intenta permanecer en la posición donde necesita menos, demuestra menos, arriesga menos, espera menos y, por lo tanto, aparentemente puede perder menos.

Quien escribe primero parece perder.

Quien demuestra primero parece perder.

Quien extraña más parece perder.

Quien publica primero parece perder.

Quien pregunta parece perder.

Quien dice “te necesito aquí” parece perder.

Quien entrega demasiado parece perder.

Quien todavía tiene otras posibilidades parece ganar.

Y cuando el amor empieza a funcionar bajo esas reglas, dos personas que supuestamente están intentando construir algo juntas pueden terminar comportándose como adversarios sentados en extremos opuestos de una mesa.

YO TAMBIÉN CONOCÍ LA VENTAJA EMOCIONAL

Después de mi divorcio tuve algunas relaciones. Venía herido de una ruptura importante y fue durante una de ellas cuando comencé a encontrarme, aunque todavía no tuviera un nombre para ello, con esto que hoy llamo ventaja emocional.

Hablaré de una exnovia.

Aclaro algo importante dentro del lenguaje de este Refugio:

ella no era VENUS.

Fue una mujer que quise mucho y una relación que me dejó aprendizajes importantes, pero jamás despertó en mí aquello que hoy identifico cuando despierta verdaderamente mi corazón.

Desde el comienzo de nuestra relación ella hacía mucho énfasis en que necesitaba tener “su espacio”. Yo venía del divorcio y recuerdo pensar que estaba frente a una mujer muy madura. Pensé que quizá tenía algo que enseñarme.

Así que decidí aprender.

“YO SOY MÍA, MÍA”

Como relaté en otro artículo, recuerdo que entraba a la ducha y cantaba una canción cuyo coro repetía:

“Yo soy mía, mía.”

Esa frase terminó convirtiéndose para mí en una especie de símbolo de aquella relación.

Ella hablaba constantemente de independencia, de tener espacios propios, de no depender emocionalmente del otro. En diferentes momentos llegué a sentir que me subestimaba por mi manera de vincularme.

Una vez incluso me dijo que debería ir a un retiro de parejas…

pero yo solo.

Según ella, podría obtener herramientas para aprender a ser más independiente.

En aquel momento intentaba no tomarme esas cosas personalmente. Pensaba que no existía una mala intención detrás. Escuchaba. Observaba. Intentaba aprender.

Hasta que pequeñas piezas comenzaron a acumularse.

DE “NOVIO” A MI NOMBRE

Durante un tiempo yo estaba guardado en su teléfono como:

Novio.

Puede parecer insignificante.

Para mí no lo era.

Después de una discusión dejó de ser así.

Volví a aparecer simplemente con mi nombre.

Nunca regresó el “Novio”.

Tal vez para alguien eso sea solamente cambiar unas letras dentro de una agenda telefónica. Para mí aquellos pequeños símbolos dicen cosas. Siempre las han dicho.

Y algo cambió.

Hubo también un viaje durante el cual yo estaba especialmente vulnerable. Sufro de ansiedad y recuerdo una frase suya:

“Es que voy a estar sola porque tú tienes ansiedad y voy a tener que ser fuerte yo misma y sola.”

Aquellas palabras se quedaron conmigo.

En esos momentos comencé a sentir algo que hoy puedo nombrar mejor: Ella tenía la ventaja emocional y uso mis vulnerabilidades en mi contra para subestimarme.

Yo estaba más expuesto.

Yo estaba mostrando más.

Yo estaba intentando comprender.

Y ella parecía permanecer detrás de una estructura mucho más protegida.

UN VIAJE QUE ME MOSTRÓ ALGO

Hicimos un viaje fuera del país.

Hubo momentos agradables, por supuesto. Pero durante aquel viaje apareció dentro de mí una sensación difícil de ignorar: sentía que no estaba viviendo una relación completa.

Percibía distancia.

Percibía barreras.

Y comencé a sentir también que ella me subestimaba y que aquello que pensara la sociedad tenía demasiado peso en su manera de observar ciertas cosas.

Con el tiempo la relación terminó.

Hoy agradezco a Dios que haya terminado.

Y también agradezco lo que aprendí.

Porque algunas personas enseñan aquello que queremos encontrar y otras terminan enseñándonos, por contraste, todo aquello que no deseamos volver a vivir.

Ella fue una gran maestra en ese sentido.

CUANDO COMENCÉ A HACER LO MISMO

Pero hubo algo todavía más interesante.

Durante la relación intenté aprender aquello que ella parecía enseñarme.

Comencé a construir más espacios propios.

Más independencia.

Más distancia.

Más lugares exclusivamente míos.

Empecé a aplicar aquello que durante tanto tiempo había escuchado.

Y entonces ocurrió algo extraño:

Ya no gustaba.

Cuando ella colocaba distancia parecía significar independencia.

Cuando yo aprendí a colocarla, comenzó a sentirse diferente.

Cuando ella construía barreras eran espacios.

Cuando yo construía los míos, aparecía la molestia.

Cuando yo comenzaba a convertirme en aquello que supuestamente debía aprender a ser, ya no parecía resultar tan atractivo.

Y allí comprendí otra pieza.

A veces no queremos realmente igualdad emocional.

Queremos la posición emocional que ocupábamos mientras el otro estaba más expuesto que nosotros.

ESPIRITUALIDAD Y SUPERIORIDAD

Aquella relación también me hizo observar otra contradicción.

He conocido personas que hablan muchísimo de espiritualidad, iluminación, independencia, vibraciones, crecimiento y evolución, pero que al mismo tiempo utilizan ese lenguaje desde un lugar donde parecen considerarse superiores a quienes sienten de otra manera.

Palabras muy elevadas pueden convertirse también en una forma de subestimar.

Y aquella experiencia me enseñó a mirar menos las palabras con las que alguien se define y mucho más aquello que ocurre cuando compartimos la vida.

Espero sinceramente que donde esté le esté yendo bien, pero deseo de corazón no volverla a encontrar.

Yo me quedo con lo aprendido.

Porque gracias a esa relación pude comenzar a formular una pregunta que todavía hoy me acompaña:

¿Queremos amar o queremos tener ventaja?

LA VENTAJA EMOCIONAL VIVE EN LOS PEQUEÑOS DETALLES

No siempre aparece en grandes acontecimientos.

Muchas veces vive precisamente en cosas aparentemente insignificantes.

Recuerdo mi adolescencia.

En aquella época existía algo que se sentía bonito: tenías alguien en tu vida y te producía orgullo mostrarlo.

Publicabas una fotografía.

Colocabas una relación en tus redes sociales.

Existía una especie de declaración:

“Esta persona forma parte de mi vida.”

Después llegaba una ruptura, había que borrar fotografías, cambiar estados, eliminar recuerdos, quitar nombres…

Y sí.

Dolía.

Los adolescentes que éramos aprendimos ese dolor.

Y pienso que, poco a poco, comenzaron a aparecer los escudos.

AHORA TODOS PARECEMOS SOLTEROS

Algo cambió.

Hoy puedes estar dentro de una relación y, al observar tus redes sociales, parecer completamente soltero.

No hay fotografías.

No hay rastros.

No hay símbolos.

No hay señales.

Todo permanece construido de tal manera que, si mañana termina, prácticamente no tendrás que modificar nada.

Tu perfil ya estaba preparado para tu ausencia.

Y aparece además otra lógica:

Es mejor que los demás me perciban disponible.

Porque así permanecen abiertas otras posibilidades.

Lo que vulgarmente se ha llamado:

“No espantar el ganado.”

Y esa expresión, aunque pueda parecer una simple broma, me parece una fotografía brutal de nuestra época.

Tengo pareja… pero conservo el ganado.

Tengo una relación… pero mantengo posibilidades.

Estoy contigo… pero no cierro completamente las puertas.

“POR SI LAS MOSCAS”

Ese “por si las moscas” me parece uno de los grandes enemigos de la profundidad.

La tecnología nos entregó posibilidades extraordinarias, pero en el territorio de las relaciones también abrió puertas que antes no existían de la misma manera.

Likes, mensajes privados, reacciones, historias…

Personas que reaparecen, personas nuevas, antiguas posibilidades, nuevas posibilidades.

Gente que sabe perfectamente que alguien tiene pareja y aun así coquetea.

Y personas que, aun teniendo una relación, continúan conversando con posibles reemplazos.

Por si las moscas.

Por si esto termina.

Por si aparece alguien mejor.

Por si me decepcionan.

Por si necesito escapar.

Por si necesito demostrarme que todavía puedo conseguir a alguien más.

Por si acaso.

Y mientras construimos todos esos “por si acaso”, quizá estamos convirtiendo el amor en algo sintético.

Artificial, superficial, desechable…

EL AMOR SINTÉTICO

Eso es precisamente lo que comienzo a llamar amor sintético.

Una relación que parece amor, utiliza algunas palabras del amor, tiene fotografías parecidas a las del amor, comparte cama, viajes y momentos…

pero siempre conserva una salida de emergencia emocional.

Nunca apuesta completamente.

Nunca deja todas las fichas sobre la mesa.

Nunca termina de cerrar las demás puertas.

Porque cerrar puertas significa arriesgar.

Y nuestra época parece obsesionada con minimizar el riesgo emocional.

Queremos amar… pero sin quedar demasiado expuestos.

Queremos que alguien nos elija… sin renunciar completamente a ser elegidos por otros.

Queremos profundidad… manteniendo siempre disponible el reemplazo.

Queremos sentir… pero conservando la ventaja emocional.

¿QUIÉN PUBLICA PRIMERO?

Pensemos en algo aparentemente ridículo.

Una fotografía.

No digo que exista obligación alguna de subir una fotografía con tu pareja. Ese ni siquiera es el punto.

El punto aparece cuando quieres hacerlo, te nace hacerlo, pero inmediatamente aparece un cálculo:

“Si yo la publico primero, voy a demostrar más interés.”

Ahí apareció la ventaja emocional.

Ya no estás preguntando: “¿Qué me nace?”

Estás preguntando: “¿Qué posición voy a ocupar si lo hago?”

Lo mismo ocurre con un mensaje…

Quieres escribir… pero esperas.

Quieres responder… pero miras el reloj.

Quieres decir que extrañas… pero decides no hacerlo.

Quieres preguntar cómo está… pero piensas que ya preguntaste ayer.

Quieres colocarle un nombre especial en tu teléfono… pero quizá sea “demasiado”.

Quieres tomarla de la mano.

Quieres presumirla.

Quieres hacerle un regalo.

Quieres escribir una carta.

Pero entonces aparece la calculadora.

¿Quién está dando más? o en mi caso ¿Me arriesgo o esto le molestará?

EL AMOR CON CALCULADORA

Tal vez ese sea uno de los símbolos perfectos de la ventaja emocional: Una calculadora al lado del corazón.

Yo escribí primero.

Entonces ahora te toca.

Yo tardé diez minutos.

Tú tardaste dos horas.

Entonces mañana tardaré tres.

Tú no publicaste.

Yo tampoco.

Tú no dijiste.

Yo no diré.

Tú pusiste distancia.

Yo pondré más.

Tú tienes posibilidades.

Yo también voy a buscarlas.

Y así dos personas pueden pasar meses intentando demostrar quién necesita menos al otro.

Hasta que finalmente lo consiguen.

Ya ninguno necesita mostrar nada.

Quizá tampoco quede mucho que mostrar.

LA FIDELIDAD Y LA ATENCIÓN

Pienso también en la fidelidad.

Cada vez me parece más difícil encontrar esa idea de concentrarse verdaderamente en la persona que tienes enfrente.

No solamente estar físicamente allí.

Descubrir su mundo.

Sus miedos, sus deseos, sus heridas, sus contradicciones…

Aquello que la hace reír.

Aquello que la hace llorar.

Aquello que nunca ha contado.

Aquello que quiere construir.

Pero ¿cómo profundizar completamente en un mundo mientras mantienes permanentemente abiertos otros veinte?

¿Cómo descubrir a una persona mientras una parte de ti continúa mirando el catálogo?

Esa pregunta me parece fundamental.

“SIMP”

Y entonces aparece otro miedo.

El miedo al ridículo.

El miedo a ser quien sintió más.

El miedo a ser quien entregó más.

El miedo a que alguien pueda decir:

“Mire todo lo que hizo por ella.”

El miedo a convertirse en un “simp”.

El miedo a ser el ingenuo de la historia.

Porque aparentemente una de las mayores humillaciones contemporáneas consiste en que alguien descubra que realmente te importó una persona.

Yo también tengo esos miedos.

Estoy contaminado por la misma cultura que critico.

También he sentido ganas de protegerme.

También he calculado.

También he pensado en retirarme antes.

También he querido evitar quedar en la posición donde aparentemente tengo menos poder.

Pero hay algo dentro de mí que continúa rebelándose.

YO YA NO QUIERO GANAR

Cada vez me importa menos tener la ventaja emocional.

He decidido, mientras pueda sostenerlo, entregar aquello que me nace con quien me nace.

Si quiero escribir, escribir.

Si quiero regalar, regalar.

Si quiero decir, decir.

Si quiero guardar a alguien con un nombre especial, hacerlo.

Si quiero caminar tomado de su mano, hacerlo, cuando me es permitido, o por lo menos intentarlo…

Si quiero compartir mi vida, compartirla.

Si quiero mostrar que alguien me importa, no convertir inmediatamente ese impulso en una estrategia.

Para mí eso se ha convertido en un acto de rebeldía.

Porque no siento que compartir mi vida con alguien signifique perder mi espacio.

No siento que caminar de la mano de alguien me disminuya.

No siento que tener un nombre especial para alguien dentro de mi teléfono me quite nada.

No siento que cerrar otras posibilidades cuando he elegido a alguien me haga perder valor.

Para mí ocurre exactamente lo contrario:

Hace que esa elección tenga peso y ella tenga un lugar especial en mi…

¿PARA QUÉ QUIERO “GANADO” SI YA ELEGÍ?

Esta pregunta me parece brutalmente sencilla.

Si estoy construyendo una relación con alguien… ¿Para qué necesito conservar un catálogo alrededor?

¿Para recordarme que puedo reemplazarla?

¿Para sentirme deseado?

¿Para tener una salida?

¿Para proteger mi ego?

¿Para no sentir que aposté demasiado?

¿Para tener una opción B antes de que fracase la opción A?

Quizá esta forma de pensar sea considerada anticuada dentro de nuestra cuestionable “evolución”.

Entonces que lo sea.

Porque yo sigo sintiendo fascinación por una idea que parece estar convirtiéndose en utopía:

Elegir a alguien y realmente elegirlo…

EL OTRO NO ES MI RIVAL

Aquí regreso al post que escribí hace unos días: ¿Por qué eligen el dolor?…

Hay algo que cada vez aparece con más fuerza dentro de mi filosofía:

No quiero una relación donde la persona que amo sea mi adversaria.

No quiero estar sentado frente a ella calculando quién tiene más poder.

No quiero pensar quién puede irse primero.

Quién tiene más opciones.

Quién tarda más en responder.

Quién necesita menos.

Quién demuestra menos.

Quién está más dispuesto a perder al otro.

Si estamos construyendo algo, quiero imaginarlo de otra manera: Nosotros de un lado y aquello que intenta destruirnos del otro.

La ventaja emocional convierte esa imagen exactamente en lo contrario.

Me coloca a mí frente a ti.

Y entonces comienza la partida.

¿QUIÉN PIERDE PRIMERO?

Quizá por eso la ventaja emocional me parece tan peligrosa.

Porque inevitablemente necesita una pregunta: ¿Quién está ganando?

Y si alguien está ganando… entonces alguien tiene que estar perdiendo.

Pero ¿Qué significa ganar dentro de una relación?

¿Extrañar menos?

¿Llorar menos?

¿Tener más pretendientes?

¿Poder reemplazar más rápido?

¿Responder más tarde?

¿Conseguir que el otro tenga más miedo de perderte del que tú tienes de perderlo?

¿Ser capaz de marcharte primero?

¿Eso es ganar?

Porque si eso significa victoria, quizá hemos convertido el amor en una guerra donde el premio consiste en demostrar quién consiguió sentir menos…

Y ENTONCES MIRO MI SITUACIÓN ACTUAL

Si utilizara las reglas de la ventaja emocional para medir aquello que actualmente ocurre entre VENUS y yo, probablemente estoy en una de las mayores desventajas emocionales que he experimentado en mi vida.

Mi pequeño número incluso ha cambiado.

Antes escribí sobre un 0,3 %.

Hoy lo siento como:

0,1 %

Eso es todo.

Una posibilidad diminuta.

Casi inexistente.

Convivo con ella.

Convivo con la distancia.

Convivo con palabras que algunas veces siento extremadamente frías.

Con preguntas cuyas respuestas me parecen obvias.

Con frases que me hacen sentir como si aquello que ocurrió hubiera desaparecido.

Con silencios.

Con recuerdos.

Con la sensación extraña de estar librando una guerra bajo reglas que no comprendo completamente.

Y desde afuera quizá la respuesta parezca sencilla: “Váyase.”

PERO YO YA SÉ QUE PROBABLEMENTE PIERDA

No estoy escribiendo desde la fantasía de que todo terminará como deseo.

Conozco las probabilidades que mi propia cabeza coloca delante de mí.

Sé cuál parece ser el destino más probable.

Sé que aquello que anhelo puede no ocurrir.

Y aun así hay una parte de mí que continúa diciendo:

“No quiero convertir esto en una estrategia.”

Porque si voy a perder, al menos quiero reconocer al hombre que estuvo allí cuando termine de romperme…

No quiero mirar hacia atrás y descubrir que, por miedo al ridículo, terminé comportándome exactamente como aquello que llevo tantas páginas criticando.

No quiero descubrir que para protegerme convertí mi corazón en una calculadora.

MI DESVENTAJA EMOCIONAL

Tal vez aquello que otros llamarían mi desventaja emocional sea simplemente otra cosa.

Quizá sea mi corazón enjaulado intentando hablar antes de quedarse dormido.

Un ave golpeando los barrotes.

Diciendo aquello que siente.

Escribiendo.

Regalando.

Recordando.

Anhelando.

Intentando expresar de todas las formas posibles que alguna vez quiso vivir algo diferente.

Algo puro.

Algo que no funcionara como una partida.

Algo donde dos personas pudieran colocar sus cartas sobre la mesa sin preocuparse permanentemente por quién había mostrado primero su mano.

ANTES DE CONVERTIRME EN PIEDRA

No sé cuánto tiempo podré sostener esta forma de sentir.

Eso también quiero dejarlo escrito.

No sé si algún día terminaré absorbido por esta Matrix que critico.

No sé si llegará un momento en que quiera regresar finalmente a jugar.

A calcular, a esperar, a contestar después, a mostrar menos, a guardar más, a mantener posibilidades, a no arriesgar, a protegerme.

Tal vez algún día mi corazón se canse completamente.

Tal vez finalmente consiga dormirlo.

Tal vez se convierta en piedra.

No lo sé.

Pero mientras todavía esté despierto quiero concederle algo:

EL PERMISO DE EXPRESAR LO QUE SIENTE.

Mientras sienta.

Mientras pueda.

Aunque aparentemente esté perdiendo.

Aunque las probabilidades sean 0,1 %.

Aunque alguien mire desde afuera y piense que estoy en absoluta desventaja.

Porque quizá mi rebelión no consiste en ganar.

Quizá consiste en negarme a convertir el amor en una partida que solamente puede ganarse sintiendo menos que el otro.

ESTO TAMBIÉN ES RESISTENCIA

Hoy este escrito me hace consciente de algo.

Muchas de las cosas que siento y escribo aquí forman parte de una misma rebelión.

El Amor Atemporal.

Venus.

El niño interior.

Las cartas.

Los regalos.

La vulnerabilidad.

El deseo de elegir.

La fidelidad.

El anhelo de construir.

El rechazo al reemplazo permanente.

La negativa a convertir cada gesto en estrategia.

Todo parece conducir al mismo lugar: una resistencia contra el amor sintético.

Quizá por eso nació este Refugio.

Porque afuera parece existir una guerra para descubrir quién puede necesitar menos.

Aquí quiero formular otra pregunta:

¿Y SI DEJAMOS DE INTENTAR TENER VENTAJA SOBRE LA PERSONA QUE DECIMOS AMAR?

Tal vez entonces ya no necesitemos adversarios.

Tal vez podamos volver a estar en el mismo equipo…

LA ORDEN DEL CORAZÓN

Si tú que estás leyendo esto también estás cansado del amor sintético que parece ofrecer nuestro tiempo; si alguna vez sentiste que amar se convirtió en una competición para descubrir quién demuestra menos; si estás agotado de máscaras, estrategias, reemplazos y partidas emocionales; si vives aquello que aquí llamamos Amor Atemporal y quieres buscar otras respuestas a los misterios de las relaciones y del corazón, quizá este lugar también haya sido construido para ti…

Puedes llenar el formulario y postularte para formar parte de La Orden del Corazón.

Un lugar para los sintientes.

Para quienes todavía quieren investigar.

Escribir, preguntar, discutir, crear.

Buscar respuestas.

Y quizá resistir juntos esta Matrix del amor superficial contemporáneo.

No sé cuánto tiempo podré mantener mi corazón despierto.

No sé qué ocurrirá con VENUS.

No sé qué significará ese 0,1 % mañana.

Pero esta noche quiero dejar una memoria escrita para mí mismo:

Hubo un momento en mi vida en que, aun sabiendo que podía perder, preferí entregar aquello que me nacía antes que convertir a la persona que amaba en mi adversaria…

Y mientras mi corazón todavía tenga fuerzas para golpear los barrotes…

le daré permiso de decir lo que siente…

— EL CUERVO DE CORAZONES

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