¿MIGAJERO O VALIENTE?

Hoy escribo roto, otra vez con la habitación a oscuras y esa pequeña galaxia de colores iluminando la noche. Y mientras intento ordenar lo que siento, vuelven a mí unas palabras que escuché de alguien “profesional de la salud mental” en un momento en que me atreví a mostrar una parte especialmente vulnerable de mí.

Cuando Venus despierta algo en mi interior, también despierta una forma particular de amar. Quiero cuidar. Proteger. Dar. Escribir. Aparecen palabras que durante años permanecieron enterradas. En una ocasión quise sorprenderla, pero el resultado fue exactamente el contrario: ella se molestó. Y eso activo mi herida, la del rechazo, desencadenó una crisis de vergüenza en la que queria escapar y esconderme en mi habitación y tenia el sentimiento de no querer salir nunca más de allí.

Lo que vino después fue lo que terminó atravesándome de otra manera.

Al hablar de la vergüenza que sentía, del rechazo y de ese niño interior que quería esconderse después de descubrir que algo entregado con amor había provocado incomodidad, recibí una respuesta que yo experimenté como una orden: sé adulto. Mi vulnerabilidad era categorizada con crudeza como inmadurez. Mi deseo de procurar el bien de alguien, mi esperanza y mi manera intensa de sentir parecían reducirse a un “capricho”.

Aquí puedo confesar esto que ocurrió dentro de mí.

Y dentro de mí algo cambió.

Empecé a preguntarme si mi manera de amar era ridícula. Si escribir demasiado era repugnante. Si regalar era excesivo. Si expresar ternura era infantil. Si un hombre verdaderamente adulto debía aprender a sentir sin que nadie pudiera notarlo.

Intenté hacerlo.

Intenté cercenar mi manera de amar. Medir las palabras. Contener gestos. Esconder al adolescente que todavía escribiría cartas y al niño que aún sabe maravillarse. Intenté ponerme una máscara suficientemente adulta para no volver a sentir vergüenza.

Pero había un problema:

no era yo.

Y tampoco quería mentirle a Venus.

Así que elegí algo que podía costarme caro: ser honesto con aquello que sentía.

Permitirme la vulnerabilidad.

Y quizá allí empieza realmente esta pregunta.

¿QUÉ SIGNIFICA SER “MIGAJERO”?

Vivimos en una época que necesita ponerle etiquetas a casi todo. Una de ellas es migajero o migajera: esa persona que continúa entregando afecto cuando del otro lado apenas recibe pequeñas señales, respuestas mínimas o atención intermitente.

Entiendo por qué existe la palabra. Hay momentos en que una persona puede terminar aceptando demasiado poco porque tiene miedo de perder incluso esas migajas. Puede rogar, perseguir, abandonar sus propios límites o intentar convertir cualquier gesto mínimo en un tesoro invaluable.

Eso duele.

Y es la cruda realidad.

Pero también creo que hemos cometido otro error: utilizar la misma palabra para ridiculizar prácticamente cualquier expresión intensa de afecto.

¿Es migajero escribir una carta?

¿Decir “te extraño”?

¿Regalar algo porque viste un objeto y pensaste inmediatamente en esa persona?

¿Decir “me importas” sin calcular primero quién tiene más poder emocional?

¿Llorar porque alguien se alejó?

¿Admitir que querías que algo funcionara?

¿Preguntar si todavía existe alguna posibilidad, y aceptar la respuesta aunque te destruya por dentro?

Si todo eso también es ser migajero, entonces quizá estamos utilizando la palabra para algo muy diferente:

castigar a quien se atreve a mostrar que siente.

EL PRECIO DE NO USAR MÁSCARA

Hay una frase que Venus me dijo alguna vez y que todavía permanece conmigo:

“Tal y como te salga…”

Hay algo enorme dentro de esas palabras.

No quiero llegar al extremo y creer que la única manera madura de amar consiste en transformarme en alguien irreconocible.

Quiero poder decir:

esto siento.

Aunque la respuesta no sea la que deseo.

Quiero poder expresar cariño sin convertirlo en una estrategia.

Decir que extraño sin utilizarlo para provocar culpa.

Decir que amo en el momento en que lo siento.

Mostrar vulnerabilidad sin ofrecerla como moneda de cambio.

Quizá eso sea mucho más difícil que la máscara.

Porque la máscara protege.

Si finjo que no me importa, puedo decir que nunca perdí.

Si actúo indiferente, nadie ve dónde podrían herirme.

Si siempre espero que el otro escriba primero, puedo conservar la ilusión de que tengo el control.

Pero cuando digo exactamente lo que siento, existe una posibilidad real de escuchar:

“Yo no siento lo mismo.”

Y seguir siendo capaz de respetarlo.

Para mí, ahí empieza la valentía.

¿Y QUÉ HACEMOS CON EL NIÑO Y EL ADOLESCENTE?

He pasado noches preguntándome cómo encerrarlos.

Cómo silenciar al adolescente que quiere escribir cartas.

Cómo explicarle al niño que no puede regresar a determinados lugares solo porque alguna vez fueron hermosos.

Cómo convertirme en un adulto que aparentemente no necesita esas partes.

No lo he conseguido.

Es dificil contenerse para no castigar el corazón y esas partes de mi mismo que aman y duelen porque no entienden razones

Eso es muy dificil contenerse para no de decirles:

“Cállense. Ustedes son vergonzosos.” como lo dice el resto del mundo…

Durante demasiado tiempo he utilizado esta forma pero esta vez me expreso en este lugar para tratar de recordar que aunque estoy a punto de hacerlo puedo tratar de hacer algo diferente esta vez al borde del abismo en el que estoy seguro que si caigo no creo que tenga retorno…

EXTRAÑO A VENUS

No voy a fingir lo contrario.

Extraño sus manos.

Extraño su voz pausada.

Extraño su existencia cerca de mí.

Y escribirlo me deja expuesto.

Sé que alguien podría leerlo y pensar que debería ser más frío, más estratégico o más orgulloso.

Pero esta noche no quiero volver a castigarme por decir la verdad.

La extraño.

Eso es un sentimiento.

No es una orden para ella.

No es una deuda.

No es una obligación.

No modifica su libertad.

Pero tampoco necesito negar que existe dentro de mí para demostrar que soy adulto.

Eso duele.

Pero sigue siendo realidad.

MIGAJAS NO SON AMOR

Por eso quiero hacer una distinción.

Si lo que hiciste fue decir honestamente algunas de estas palabras o similares:

“Te quiero.”

“Me importas.”

“Esto me dolió.”

“Me gustaría intentarlo.”

“Te extraño.”

Y posteriormente fuiste capaz de escuchar la respuesta, incluso cuando no era la que deseabas…

no sé si quiero llamarte migajero.

Quizá quiero llamarte valiente.

Porque en un mundo obsesionado con conservar ventaja emocional, decir la verdad sin garantía de recompensa requiere una clase extraña de valor.

NO TODA VULNERABILIDAD ES DEBILIDAD.

Tal vez esa sea la frase que necesitaba encontrar esta noche.

El amor también necesita realidad.

Necesita respeto.

Necesita límites.

Necesita aceptar que el corazón del otro no nos pertenece.

Pero tampoco quiero aceptar una cultura donde la única alternativa a la invasión sea la indiferencia.

Entre perseguir y fingir que nada importa debe existir otro camino.

Uno donde pueda amar sin poseerte.

Uno donde pueda perder algo y seguir diciendo:

“Fue verdadero para mí mientras existió.”

SI ALGUNA VEZ TE LLAMARON MIGAJERO

No sé quién está leyendo esto.

Quizá alguna vez escribiste demasiado.

Quizá esperaste un mensaje.

Quizá preparaste un detalle y no tuvo el efecto que soñabas.

Quizá confesaste algo y después deseaste tragarte cada palabra.

Quizá alguien se rio de tu manera de amar y desde entonces empezaste a vigilar cada gesto que sale de ti.

Si es así, quiero decirte algo que también estoy intentando decirme esta noche:

no necesitas odiar tu capacidad de sentir.

Ser leal al corazón es muy dificil en estos días de algoritmos, música basura y superficilidad en esta “matrix”.

Ser vulnerable no significa renunciar a la dignidad.

Amar profundamente no significa que tal vez estés enfermo.

Y escuchar un “no” no convierte en mentira aquello que sentiste antes de escucharlo.

Tal vez la valentía sea mucho más compleja que simplemente “dar todo”.

Tal vez también consiste en decirlo todo…

y después tener la fuerza suficiente para contener la tormenta de autodestrucción que se despierta en nosotros cuando sentimos así.

EL ÚLTIMO BASTIÓN

Esta noche sigo aquí.

La galaxia continúa proyectando colores en la oscuridad y mis ojos todavía conocen esa tormenta.

No sé qué va a ocurrir con la parte de mí que ama de esta manera.

Este Refugio quizá nació precisamente porque estoy intentando descubrirlo.

Tal vez sea mi último bastión antes de convertirme en piedra.

O quizá sea el lugar donde finalmente logre proteger mi corazón en vez de querer sacarlo fuera de mi sistema.

Si tú también estás intentando encontrar ese equilibrio —amar sin máscaras, respetar sin desaparecer, vivir la realidad sin avergonzarte de aquello que sentiste— entonces quizá entiendas por qué escribí esto.

No voy a llamarte débil por haber amado.

Voy a pedirte algo muy difícil:

sé valiente para decir lo que sientes y suficientemente fuerte para no autodestruirte cuando sientas vergüenza por el rechazo…

Para mí, esa combinación vale muchísimo más que cualquier máscara.

Y si alguien se burla de estas palabras, quizá simplemente deba largarse de este lugar porque este lugar no es para ese tipo de gente…

Pero si algo dentro de ti las reconoce, entonces ya sabes que aquí existe un lugar donde podemos hablar de ello sin convertir nuestra vulnerabilidad en un chiste.

Si no encajas en ese mundo superficial y quieres entrar a LA ORDEN DEL CORAZÓN puedes postularte y encontrar tal vez un lugar en donde expresar lo que sientes aquí estaremos…

— El Cuervo de Corazones

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