¿ILUSIONARSE O ANHELAR?

Hoy escribo tomando una decisión que no me gusta: expresar cada vez menos lo que siento a las personas que me rodean. Hacerlo me produce una sensación extraña, como si fuera una pieza de un rompecabezas que pertenece a otra caja. Estoy cansado de escuchar que lo que me ocurrió fue simplemente una “ilusión”. Cansado de una frase que parece aparecer automáticamente cada vez que alguien siente demasiado pronto o demasiado fuerte:

“Es que te ilusionaste muy rápido.”

No sé si alguna vez te han dicho algo parecido. A mí, después de escucharlo suficientes veces, empieza a hacerme sentir como si aquello que ocurrió dentro de mí fuera una especie de enfermedad emocional. Como si hubiera administrado incorrectamente una dosis. Como si el amor tuviera instrucciones: tantos miligramos durante las primeras cuatro semanas, aumentar gradualmente después de la tercera cita y jamás exceder la cantidad recomendada.

Como si pudiéramos entrar a una tienda, comprar una botella de amor y beber únicamente la cantidad socialmente permitida.

Pero yo no siento así.

Y precisamente por eso esta palabra empieza a cabrearme.

CUANDO SÍ ME ILUSIONABA

Puedo reconocer perfectamente momentos de mi vida en los que sí me ilusioné.

A los catorce años podía conocer a una chica, sentir algo por ella y comenzar inmediatamente a construir una película completa: le van a gustar mis regalos, vamos a besarnos, caminaremos juntos por la calle, algún día tendremos hijos, todo saldrá como lo estoy imaginando.

Eso sí era muy diferente.

No estaba únicamente deseando algo.

Estaba convirtiendo un deseo en una especie de futuro anticipado.

Dentro de mi cabeza empezaba a tratar como realidad algo que todavía no había sucedido. Le asignaba a otra persona sentimientos, respuestas y decisiones que jamás me había prometido. Construía mentalmente una historia y después sufría cuando la realidad demostraba que aquella historia solo existía dentro de mí.

Ahí puedo entender la palabra ilusión.

Porque había construido algo sobre lo que no tenía certeza y, durante algún tiempo, había vivido emocionalmente como si ya fuera verdadero.

Pero lo que me ocurre hoy es distinto.

Y estoy cansado de que se llame de la misma manera.

ILUSIÓN

La palabra ilusión viene históricamente del latín illusio, relacionada con illudere, verbo vinculado con jugar, burlarse o engañar. Con el tiempo, nuestra palabra adquirió también otros sentidos: esperanza, entusiasmo, expectativa, aquello que deseamos que ocurra.

Pero hay algo de su significado antiguo que me resulta especialmente provocador cuando alguien utiliza la frase:

“Te ilusionaste.”

Porque muchas veces lo que escucho debajo de esas palabras es:

Te inventaste algo.

Te engañaste.

Construiste una película.

El problema fue que sentiste demasiado.

Y ahí es donde algo dentro de mí se rebela.

Porque yo sé distinguir entre creer que algo ocurrirá y desear con todas mis fuerzas que pueda ocurrir.

Por eso necesito otra palabra.

ANHELAR

Anhelar no es lo mismo.

Al menos no para mí.

Anhelar es poder mirar una posibilidad y decir:

“Deseo profundamente que esto ocurra.”

sin convertir ese deseo en:

“Esto necesariamente va a ocurrir.”

Puedo anhelar estar con alguien y saber perfectamente que quizá nunca suceda.

Puedo imaginar cosas que me encantaría vivir con esa persona y saber que continúan perteneciendo al territorio de la posibilidad.

Puedo querer ofrecerle mis cartas, mis detalles, mi tiempo, mis preguntas, mis conversaciones, mis proyectos, mi forma de amar y, al mismo tiempo, comprender que desear entregarlo no significa que la historia vaya a permitir que algún día pueda hacerlo.

Ahí encuentro una diferencia enorme.

La ilusión, como la estoy utilizando aquí, convierte una posibilidad en certeza. El anhelo reconoce la incertidumbre y desea de todos modos.

Y yo anhelo.

Ese es mi problema.

O quizá mi conflicto.

¿TAMBIÉN HAY QUE REFRENAR LOS ANHELOS?

Entonces aparece una pregunta que me persigue:

¿no tengo derecho a anhelar estar con alguien?

Si alguien despierta dentro de mí aquello que llamo Venus, ¿Qué hago con el deseo que aparece?

¿Lo disciplino?

¿Lo escondo?

¿Le pongo horarios?

¿Decido que todavía no tengo autorización para sentirlo porque han pasado pocas semanas, pocos meses o pocas citas?

¿En qué momento exacto del calendario un sentimiento deja de ser ridículo y recibe permiso para existir?

Me resulta extraña esa idea de que la profundidad emocional debería desarrollarse siguiendo un cronograma universal.

Hay personas que tardan años.

Hay otras que sienten algo extraordinario en poco tiempo.

Hay vínculos que después no significan nada.

Otros que dejan una marca gigantesca.

No estoy diciendo que todo lo intenso sea amor ni que cualquier deseo prediga el futuro.

Estoy diciendo algo mucho más sencillo:

El hecho de que una posibilidad todavía no exista no convierte automáticamente en falso el deseo de vivirla.

VENUS

Cuando aparece Venus para mí no aparece una certeza.

Aparece un anhelo.

No pienso:

“Ella va a estar conmigo.”

Pienso:

“Cómo desearía que pudiéramos descubrir qué podríamos construir.”

No pienso:

“Todo saldrá como quiero.”

Pienso:

“Daría muchísimo por tener la oportunidad de intentarlo.”

No doy por sentado el final de la historia.

Precisamente porque no conozco el final es que duele tanto.

Existe la posibilidad.

Existe el deseo.

Existe lo que siento.

Y existe también una realidad que puede tomar una dirección completamente diferente de aquello que mi corazón anhela.

¿Eso es una ilusión?

Para mí, no.

Eso es estar dolorosamente consciente de que algo puede no ocurrir y, aun así, desearlo con todas tus fuerzas.

“TE ILUSIONASTE MUY RÁPIDO”

Por eso esta frase me enfurece tanto.

Quizá para quien la dice sean cinco palabras destinadas a consolar.

Para quien está del otro lado pueden sentirse completamente distintas.

A veces suenan como:

“El problema fue sentir.”

Como si el dolor pudiera corregirse retroactivamente diciéndote que nunca debiste haber deseado aquello.

Como si pudieras regresar al momento en que conociste a alguien y ordenarle al corazón:

Todavía no. Espera tres meses. No desarrolles esperanza. No escribas. No sueñes. No anheles. Mantente dentro de la dosis recomendada.

¿Qué se supone que hago ahora con lo que ya existe dentro de mí?

¿Dejo de querer porque alguien decidió que apareció demasiado pronto?

¿Desaparece el anhelo porque encontramos una etiqueta para desacreditarlo?

No.

Sigue ahí.

Y quizá esa sea precisamente una de las razones por las que cada vez tengo menos ganas de contar lo que siento.

Estoy cansado de explicarme para terminar sintiéndome todavía más extraño.

Así que escribo aquí.

En el Refugio.

TAL VEZ NO SENTIMOS MENOS. TAL VEZ EXPRESAMOS MENOS.

Últimamente tengo una teoría.

Escuchamos constantemente que las personas actuales sienten menos, que ya nadie quiere comprometerse, que todo es superficial, que nadie se enamora como antes.

No sé si eso sea completamente cierto.

Tal vez muchas personas sí sienten.

Quizá la diferencia esté entre sentir y expresar.

Puede existir un universo entero dentro de alguien y absolutamente nadie enterarse.

Puede querer escribir y no hacerlo.

Puede extrañar y no decirlo.

Puede anhelar y fingir indiferencia.

Puede imaginar una vida junto a alguien y responder únicamente:

“Todo bien.”

Y como aquello jamás fue expresado, desde afuera parece que nunca existió.

Pero dentro continúa.

A veces pudriéndose.

A veces golpeando.

A veces convirtiéndose en noches enteras dando vueltas en una cama mientras uno intenta averiguar qué hacer con algo que aparentemente no debería sentir de esa manera.

Quizá no aprendimos a sentir menos.

Aprendimos a esconder mejor lo que sentimos.

YO NO ESTOY DANDO NADA POR SENTADO

Eso es justamente lo que quisiera poder explicar cuando alguien me dice que me “ilusioné”.

No.

No estoy diciendo que Venus vaya a elegirme.

No estoy diciendo que el futuro que anhelo vaya a existir.

No estoy diciendo que porque siento algo gigantesco el universo me lo deba.

Estoy diciendo:

lo deseo.

Quisiera vivir ciertas cosas.

Quisiera tener la oportunidad de construir.

Quisiera sentarme con ella y hablar de nuestros lenguajes, nuestras heridas, nuestros miedos, nuestros sueños. Quisiera experimentar aquello sobre lo que escribí en Heridas y lenguajes… una propuesta. Quisiera descubrir qué ocurre cuando dos personas dejan de limitarse a gustarse y empiezan realmente a conocerse.

Eso es lo que anhelo.

Y saber que quizá nunca suceda no hace que el anhelo desaparezca.

En realidad, hace que duela todavía más.

¿ILUSIÓN O ANHELO?

Por eso vuelvo una y otra vez a estas dos palabras.

Para mí, la diferencia podría resumirse así:

ILUSIÓN: “Esto va a ocurrir porque así lo imagino.”

ANHELO: “No sé si ocurrirá, pero deseo profundamente poder vivirlo.”

Una construye certeza donde todavía no existe.

La otra mira directamente la incertidumbre y sigue deseando.

Yo puedo aceptar la segunda.

Lo que me cuesta aceptar es que cualquier sueño, deseo o esperanza profunda sea inmediatamente tratado como una fantasía infantil.

No quiero vivir dando por sentado futuros inexistentes.

Pero tampoco quiero convertirme en alguien incapaz de imaginar uno.

Porque entonces, ¿Qué queda?

LAS PALABRAS TAMBIÉN PUEDEN HACER SENTIR MÁS SOLO

Si conoces a alguien atravesando algo parecido, quizá no necesite escuchar inmediatamente:

“Te ilusionaste.”

Quizá ya sabe que aquello que deseaba no existe.

Quizá conoce mejor que nadie la realidad porque lleva noches enteras chocándose contra ella.

Tal vez antes de explicar su dolor sea suficiente preguntar:

“¿Qué era exactamente lo que anhelabas?”

Y escuchar.

Nada más.

Porque algunas frases que pronunciamos como palabras de ánimo pueden terminar haciendo que una persona se sienta todavía más ridícula, más incomprendida y más sola.

Hoy sé cómo se siente eso.

Por eso escribí este artículo.

SI ALGUNA VEZ TE HICIERON SENTIR RIDÍCULO POR ANHELAR

Si alguna vez deseaste profundamente algo que no ocurrió y después escuchaste que simplemente “te habías ilusionado”, quizá entiendas mi rabia.

Tal vez tú tampoco estabas confundiendo deseo con certeza.

Quizá sabías perfectamente que podías perder.

Pero querías intentarlo.

Querías construir.

Querías descubrir.

Querías tener la oportunidad.

Y ahora tienes que cargar no solamente con el dolor de aquello que no ocurrió, sino también con la sensación de que debes avergonzarte por haberlo deseado.

Aquí no necesito decirte que dejes de anhelar.

Puedes contar lo que ocurrió.

Puedes decir aquello que esperabas vivir.

Puedes reconocer que todavía lo deseas.

Para eso también quiero que exista La Orden del Corazón: un lugar donde algunas conversaciones puedan desarrollarse antes de quedar reducidas a una frase de cajón.

Porque quizá no todos los que sufrimos estábamos engañados.

Quizá algunos simplemente tuvimos un anhelo que se encontró con una realidad diferente.

Y ambas cosas pueden ser verdaderas al mismo tiempo:

Sé que quizá nunca ocurra.

Y aun así, desearía con todo mi corazón que ocurriera.

Eso, para mí, no es necesariamente ilusión.

Eso es anhelar.

— El Cuervo de Corazones

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