¿DEBILIDAD Y VULNERABILIDAD?…

Esta noche recuerdo a VENUS.

Añoro esa pequeña eternidad sobre la que ya he escrito tantas veces. Recuerdo momentos que continúan suspendidos en alguna parte de mi mente como si el tiempo hubiera decidido no tocarlos. Y mientras la extraño, también pienso en algunas críticas que he recibido por la manera en que elegí librar esta guerra.

Una guerra que no es contra VENUS.

Es contra mí mismo.

Contra mis propios escudos.

Contra aquello que aprendí durante años para no volver a sentirme expuesto.

Porque frente a todo esto elegí un camino que para mí resulta mucho más difícil: no ocultar lo que realmente siento.

Y precisamente mientras atravieso este momento de mi vida he comenzado a pensar que existen dos conceptos que muchas veces confundimos:

DEBILIDAD Y VULNERABILIDAD.

Para mí no son lo mismo.

Y para explicar por qué necesito regresar muchos años atrás.

CUANDO TENÍA 17 AÑOS

Hubo un momento de mi vida en que me rompí.

Tenía 17 años.

Estaba atravesando toda la inseguridad propia de mi adolescencia. Era inseguro con mi cuerpo, no me sentía yo mismo y, si miro hacia atrás, ni siquiera considero que tuviera una identidad realmente construida.

En aquel momento estaba cautivo dentro de un dogma, una iglesia y una religión que hoy observo como una pérdida de tiempo dentro de mi propia historia. Para mí fue una cárcel mental, una estructura que intentaba decirme quién debía ser, qué debía pensar, cómo debía comportarme y qué debía creer.

Hoy creo que existe un Dios. Pero prefiero investigarlo por mí mismo: buscar en la arqueología, leer, cuestionar, explorar diferentes perspectivas e intentar encontrar respuestas sin que alguien tenga que decirme qué debo creer. Para mí, esa búsqueda se convirtió en una experiencia profundamente individual y personal.

Pero a los 17 años yo todavía no era eso.

Era, en buena medida, aquello que mis familiares querían que fuera.

No sabía qué me apasionaba.

No tenía mi propio espacio.

No estaba conforme con mi vida.

No tenía resultados.

No sabía quién era.

Y cuando una persona no tiene un lugar dentro de sí misma al cual regresar, cualquier cosa que consiga hacerla sentir diferente puede convertirse en algo gigantesco.

Eso fue exactamente lo que ocurrió.

LA CHICA QUE CONVERTÍ EN TODO

En aquel momento sentí cosas por una chica que tenia 4 años más que yo.

Hoy puedo mirar aquella historia con otros ojos y decir algo que entonces no tenía la consciencia suficiente para comprender: yo no estaba enamorado de ella.

Pero entonces no lo sabía.

Yo era lo que podría llamar, utilizando las palabras con las que habría descrito a aquel adolescente, un “perdedor”.

En el terreno de las relaciones sentía que tenía todo el juego en contra.

Todo para perder.

Ella estaba estratosféricamente fuera de mi atmósfera.

Y como yo no tenía una identidad suficientemente construida, aquella novedad comenzó a llenar espacios que estaban completamente vacíos.

La convertí en mi todo.

Quería que fuera mi novia.

Quería conseguir aquello que representaba.

Quería desesperadamente que me eligiera.

Y entonces apareció una estrategia terrible:

LA ESTRATEGIA DEL PERDEDOR MENDIGO.

PRODUCIR LÁSTIMA

Rogar, humillarme, tirarme al piso emocionalmente, intentar producir lástima.

Hacerme pequeño esperando que eso consiguiera que alguien viniera hacia mí.

En aquel momento fui débil.

Y precisamente por haber vivido aquello puedo mirar mi presente y comprender una diferencia que para mí resulta enorme.

Aquello no era vulnerabilidad.

Era autohumillación.

Yo mismo estaba destruyendo mi propia posición.

Yo mismo estaba colocándome debajo.

Yo mismo estaba intentando conseguir mediante lástima aquello que no podía conseguir siendo yo.

Y años después puedo hacerme una pregunta brutal:

¿CÓMO IBA A PRETENDER QUE LOS DEMÁS NO ME HUMILLARAN SI YO MISMO ME HUMILLABA?

El rechazo llegó.

También llegaron humillaciones provenientes de familiares y de otras personas cercanas.

Y algo dentro de mí se rompió.

EL AÑO EN QUE ME ROMPÍ

Estuve alrededor de un año emocionalmente muy mal.

Fui al psicólogo.

Fui al médico.

Recuerdo incluso que un médico llegó a decir que, si continuaba así, tendrían que internarme durante un tiempo en una clínica psiquiátrica hasta que mejorara.

Pero lentamente comencé a recuperarme.

Y durante aquella recuperación apareció algo que terminó siendo muchísimo más importante para mí de lo que otras personas podrían imaginar.

Descubrí:

EL ANIME…

Para alguien puede ser solamente entretenimiento.

Para mí fue otra cosa.

Encontré un mundo filosófico precioso, rico en contenidos, historias, aprendizajes, preguntas, sacrificios, personajes, derrotas, transformaciones, voluntad y sabiduría.

Encontré historias que me hicieron sentir acompañado.

Encontré personajes que también tenían que descubrir quiénes eran.

Encontré mundos donde alguien podía comenzar roto y aun así construir algo propio.

Y por primera vez comencé a sentir que quizá no estaba solo.

Que podía encontrar mi propio poder.

Que podía construir mi identidad.

Que podía elegir quién quería ser.

EL FIN DEL ALTRUISMO

También comenzó a morir dentro de mí algo que durante años había cargado: el altruismo entendido como obligación de colocarme permanentemente después de los demás, y hasta el día de hoy es algo que no me interesa practicar…

Después de aquello decidí comenzar a ser yo mismo independientemente de las circunstancias.

Entendí que la religión no era para mí.

Entendí que no me gustaba aquella vida.

Entendí que no quería continuar interpretando el personaje que otros habían construido.

Y lentamente todo comenzó a cambiar.

No de un día para otro.

Pero apareció algo que antes prácticamente no existía:

YO MISMO…

DESPUÉS CONSTRUÍ UN ESCUDO

Sin embargo, las heridas de los 17 años dejaron algo detrás.

Un escudo.

Ya no quería volver a verme débil.

No quería regresar a aquel adolescente que rogaba.

No quería volver a experimentar aquella humillación.

No quería volver a sentir que alguien tenía semejante capacidad para destruirme.

Entonces aprendí a ocultar partes de mí.

Pero detrás de aquel escudo todavía existía un anhelo.

Quería encontrar un lugar donde pudiera decir:

“Tengo miedo.”

“Esto me duele.”

“Esto me importa.”

“No sé qué hacer.”

Sin sentir inmediatamente que había cometido un error por haberlo dicho.

Y años después encontré un lugar donde conocí algo diferente.

VULNERABILIDAD

Allí pude mostrar partes de mí sin sentir que tenía que esconderlas.

Hice grandes amigos.

Conocí personas valiosas.

Descubrí otras maneras de observarme.

Encontré cierta libertad que llevaba años buscando.

Y apareció una palabra que terminaría siendo importante para mí: vulnerabilidad.

Durante mucho tiempo confundí ser fuerte con ser inexpugnable.

Pensaba que la fortaleza consistía en que nadie pudiera ver dónde dolía.

Pero con los años fui construyendo otra definición.

Y hoy, mientras atravieso todo esto con VENUS, esa diferencia se vuelve todavía más evidente.

LA PERSONA DE LA QUE NOS ENAMORAMOS COMO ESPEJO

Cada vez pienso más que la persona de la que estamos enamorados puede convertirse en uno de los espejos más grandes que existen.

Porque cuando alguien realmente nos importa aparecen partes de nosotros que podían permanecer dormidas mientras nada estaba en juego.

Aparecen miedos, inseguridades, heridas, anhelos, el niño interior, el adolescente, el ego, la necesidad de protegernos, las ganas de huir, las ganas de quedarnos.

Y por eso una relación puede mostrar lugares internos que quizá jamás habíamos observado con suficiente profundidad.

VENUS ha sido uno de esos espejos para mí.

CON VENUS ELEGÍ SER TRANSPARENTE

Mi elección con ella fue intentar ser transparente.

Y cuando digo transparente quiero decir algo muy concreto: no ocultar deliberadamente aquello que realmente siento.

Si la extraño, la extraño.

Si algo me duele, me duele.

Si aparecen lágrimas, existen.

Si tengo un anhelo, existe.

Si quiero construir algo, lo digo.

Si la amo, la amo.

Eso es vulnerabilidad para mí.

No significa que siempre consiga hacerlo perfectamente. Algunas veces intento ocultarme. Algunas veces me repliego. Algunas veces mis defensas aparecen y mi reacción natural es alejarme.

Pero existe una parte de mí que intenta regresar constantemente a la transparencia.

¿ES VENUS UN LUGAR SEGURO PARA MÍ?

Últimamente me he hecho esta pregunta.

Y mi respuesta actual es dolorosa: no.

Ahora mismo no siento que VENUS sea un lugar seguro para mi vulnerabilidad.

Su trato hacia mí cambió.

Se volvió impredecible.

Y cuando aquello ocurre, exponer sentimientos deja de sentirse como abrir una puerta y comienza a sentirse como caminar hacia un lugar donde no sé qué va a ocurrir con aquello que estoy entregando.

Pero incluso aquí aparece algo extraño.

Hace algún tiempo hablaba de probabilidades.

Hoy mi cabeza me muestra una cifra brutal:

99,9 %

El 99,9 % de probabilidades de que aquello que confiese termine destruido.

Y solamente queda aquel pequeño:

0,1 %

Ese número diminuto que sigue apareciendo en mis escritos.

“RETÍRATE CON DIGNIDAD”

Existe una frase que aparece constantemente cuando alguien se encuentra en una situación semejante: “Retírate con dignidad”

Pero yo he comenzado a pensar en otra cosa.

No quiero retirarme pensando solamente en dignidad.

Yo quiero, llegado el momento, poder retirarme:

SIN ARREPENTIMIENTOS…

Prefiero llorar su adiós.

Prefiero que el dolor ría.

Prefiero atravesar aquello que tenga que atravesar sabiendo que lo entregué todo.

Que fui transparente.

Que le mostré aquello que sentía.

Que dije lo que tenía que decir.

Que no escondí deliberadamente mi corazón detrás de una estrategia para parecer más fuerte.

Porque algún día voy a envejecer.

Y algún día esta vida terminará.

Y no quiero llegar hasta allí acompañado por una pregunta:

“¿Qué habría ocurrido si le hubiera dicho exactamente lo que sentía?”

No quiero dejarle ni siquiera ese 0,1 % a la duda.

EL CORAZÓN ENCADENADO

Ahora mismo siento que VENUS ha colocado cadenas y restricciones alrededor de aquello que antes podía expresarse de otra manera.

Pero incluso dentro de esas cadenas encuentro una pequeña grieta.

Y a través de esa grieta intento dejar pasar aquello que todavía puedo expresar.

Una idea.

Una palabra.

Una puerta.

La posibilidad de otro camino.

Porque la amo.

La amo con todas mis fuerzas.

La extraño.

Anhelo su presencia.

Anhelo su energía.

Daría lo que fuera por sentirla, aunque fuera durante un minuto.

Y escribirlo aquí no me hace sentir débil.

Me hace sentir transparente.

PORQUE YO YA CONOZCO LA DEBILIDAD

La conocí a los 17 años.

Sé cómo se siente.

Yo rogué.

Yo intenté producir lástima.

Yo me hice pequeño.

Yo me humillé.

Yo convertí a otra persona en el centro de una vida donde ni siquiera existía todavía un verdadero centro propio.

Por eso puedo mirar aquello que hago ahora y reconocer una diferencia.

Con VENUS jamás he querido construir desde aquello.

No quiero producir lástima.

No quiero arrodillarme emocionalmente para conseguir un resultado.

No quiero convertirme nuevamente en aquel adolescente.

Lo que hago es otra cosa.

Explico.

Argumento.

Sugiero que existe otro camino.

Muestro aquello que siento.

Dejo saber que aquí existe una puerta abierta.

Y esa diferencia, para mí, lo cambia todo.

DEBILIDAD NO ES LO MISMO QUE VULNERABILIDAD.

La debilidad que conocí consistía en destruirme a mí mismo intentando conseguir que alguien me eligiera.

La vulnerabilidad que conozco hoy consiste en permitir que alguien vea aquello que realmente existe dentro de mí aunque mostrarlo pueda doler.

Una nace de no tener dónde regresar.

La otra puede existir precisamente porque ahora sé quién soy.

Una dice:

“Sin ti no soy nada.”

La otra puede decir:

“Sé quién soy. Y aun así quiero que sepas cuánto significas para mí.”

Para mí existe un universo entre ambas frases.

EL MUNDO DEL CORAZÓN BLINDADO

Y aquí aparece nuevamente aquello contra lo que se rebela este Refugio.

Vivimos rodeados de una cultura que parece admirar cada vez más al corazón inexpugnable.

No muestres.

No escribas.

No contestes demasiado rápido.

No digas cuánto extrañas.

No dejes que sepan cuánto te importa.

No entregues demasiado.

No seas quien siente más.

No pierdas la ventaja emocional.

No permitas que nadie pueda lastimarte.

Construye una fortaleza.

Después otra.

Después otra.

Hasta que nadie pueda entrar.

Y entonces quizá conseguimos aquello que queríamos.

Nadie puede tocarnos.

Pero tampoco sabemos si todavía queda alguien dentro.

SER TRANSPARENTE EN UN MUNDO DE MÁSCARAS

Por eso la transparencia comienza a parecerme una forma de rebelión.

Decir:

“Sí, me importas.”

“Sí, te extraño.”

“Sí, esto me dolió.”

“Sí, quería vivir esto contigo.”

“Sí, lloré.”

“Sí, tengo miedo.”

“Sí, todavía anhelo.”

No porque esas palabras garanticen un resultado.

Precisamente porque no lo garantizan.

La vulnerabilidad existe porque algo queda expuesto.

Porque existe la posibilidad de que aquello que mostramos no encuentre el lugar que esperábamos.

Por eso necesita coraje.

¿QUIÉN ES REALMENTE EL FUERTE?

Entonces comienzo a cuestionarme algo.

¿Es más fuerte quien nunca muestra dónde duele?

¿O quien sabe perfectamente que puede ser herido y aun así decide no convertir toda su existencia en una máscara?

¿Es más fuerte quien jamás dice “te extraño”?

¿O quien puede decirlo sin sentir que esas palabras destruyen aquello que es?

¿Es más fuerte quien desaparece antes de quedar expuesto?

¿O quien puede mirar su propio miedo y decir: “Esto es lo que siento.”?

No tengo una respuesta universal.

Tengo la mía.

Y mi respuesta nace precisamente de haber conocido ambas caras.

A LOS 17 ME HUMILLÉ. HOY ME EXPUSE ANTE VENUS.

Esa frase resume una parte enorme de este artículo.

Son cosas diferentes.

El adolescente que fui quería desaparecer dentro de otra persona porque todavía no sabía regresar a sí mismo.

El hombre que escribe ahora ha construido espacios, proyectos, ambiciones, ideas, una filosofía, un Refugio y una identidad.

Puede caminar solo.

Puede construir solo.

Puede continuar viviendo.

Pero también puede mirar hacia VENUS y decir:

“Te amo.”

Puede decir:

“Te extraño.”

Puede decir:

“Anhelo tu presencia.”

Puede admitir que existe una pequeña eternidad dentro de su memoria a la que quisiera regresar.

Y no necesito llamar debilidad a eso.

EL 100 %

Si estás leyendo esto y eres una persona transparente, quizá entiendas aquello que intento decir.

En este mundo puede resultar aterrador mostrar un corazón enamorado.

Especialmente cuando sabes que el lugar frente a ti puede haberse vuelto hostil para aquello que sientes.

Y aun así existe algo profundamente poderoso en poder mirar hacia atrás y saber:

ENTREGUÉ MI 100 %.

Dije lo que tenía que decir.

Escribí lo que tenía que escribir.

Amé como sabía amar.

Mostré aquello que existía.

No permití que el miedo al ridículo escribiera toda mi historia.

No convertí mi corazón en una máscara simplemente para parecer invulnerable.

Tuve miedo.

Y lo hice con miedo.

NO QUIERO QUE MI ÚLTIMO RECUERDO SEA UNA PALABRA QUE NUNCA DIJE

Eso es lo que finalmente persigo.

No una garantía.

No una certeza.

No controlar el desenlace.

Quiero llegar al final de esta guerra sabiendo que aquello que dependía de mi voz fue dicho.

Que aquello que podía expresar encontró una forma de existir.

Que si algún día VENUS desaparece definitivamente de mi camino y tengo que llorar ese adiós, pueda llorarlo sin cargar además con un cementerio de palabras que jamás me atreví a pronunciar.

Que duela lo que tenga que doler.

Pero que no quede escondido dentro de mí aquello que quería vivir.

PARA EL SINTIENTE QUE ESTÁ LEYENDO

Si tú también has escuchado que eres débil simplemente porque muestras aquello que sientes, quiero dejar aquí la distinción que yo he encontrado durante mi propia vida.

No confundas necesariamente transparencia con aquella autohumillación que yo conocí a los 17 años.

Yo viví ambas.

Por eso hoy puedo reconocerlas dentro de mi propia historia.

Existe una diferencia gigantesca entre destruirte para producir lástima y mostrar sin máscara aquello que realmente existe dentro de ti.

La segunda puede dar miedo.

Muchísimo.

Puede dejarte completamente expuesto.

Pero para mí precisamente allí aparece el coraje.

AQUÍ HAY ALGUIEN QUE TAMBIÉN LO ESTÁ HACIENDO

En algún lugar del mundo existe esta noche un hombre escribiendo mientras recuerda a una mujer a la que llamó VENUS.

Un hombre que también tiene miedo.

Que también siente.

Que también se pregunta cuánto tiempo podrá mantener despierto su corazón.

Que también conoce el riesgo de mostrar aquello que existe detrás de sus defensas.

Y aun así continúa escribiendo.

Así que si alguna vez pensaste que eras el único sintiente intentando caminar de esta manera por un mundo de máscaras: no estás solo.

Aquí hay otro.

Un Cuervo con el corazón enjaulado buscando todavía una grieta por donde pueda escapar aquello que siente.

Y mientras exista esa grieta…

seguiré intentando ser transparente.

Hasta saber que entregué mi 100 %.

Hasta saber que no quedó escondida la palabra que necesitaba decir.

Hasta poder mirar algún día hacia atrás, incluso si el resultado fue aquel 99,9 % que tanto temía, y reconocer algo:

NO GANÉ ESCONDIÉNDOME.

NO PERDÍ POR SENTIR.

SIMPLEMENTE FUI YO.

Y esta noche, mientras recuerdo nuevamente aquella pequeña eternidad, sigo pensando en VENUS.

La amo.

La extraño.

La anhelo.

Y no voy a llamar debilidad al hecho de tener el coraje de escribirlo.

— EL CUERVO DE CORAZONES

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