¿POR QUÉ ELIGEN EL DOLOR?…
Esta noche siento el corazón sangrante. Como si con cada latido derramara una lágrima más.
Venus vuelve a alejarse. Cada vez siento más escudos entre los dos, más distancia, más silencio. Sus manos ahora solamente puedo entrelazarlas con las mías dentro de mi imaginación. Allí todavía puedo acercarme. Allí todavía puedo recordar su piel, su voz, su presencia. Allí puedo construir durante unos segundos aquello que en esta realidad no existe.
La amo. La amo con todas mis fuerzas. Y a estas alturas me importa poco la etiqueta que alguien quiera ponerle a lo que siento. Nadie está dentro de mi cuerpo para experimentar esto. Nadie puede sentir exactamente lo que ocurre aquí cuando la recuerdo.
Pero precisamente atravesando este dolor apareció una pregunta:
¿POR QUÉ ELEGIMOS EL DOLOR CUANDO PODRÍAMOS ELEGIR CONSTRUIR?
Hoy hablaba con una amiga que se identifica con el llamado apego evitativo. Paradójicamente, detrás de esa dificultad para acercarse existe también el deseo de encontrar un hombre con quien pueda sentirse segura.
Y aquello me dejó pensando.
Porque muchas veces llegamos a una relación cargando heridas, escudos, mecanismos, historias y miedos. Después aparece otra persona y, de repente, toca exactamente aquello que llevábamos años escondiendo.
Quizá una persona no solamente llega para hacernos sentir cosas bonitas.
Quizá también llega para revelarnos.
Para mostrarnos heridas que todavía existen. Para enseñarnos lugares de nosotros mismos que necesitan atención. Para poner frente a nuestros ojos comportamientos que jamás habríamos descubierto estando solos.
Entonces me pregunto:
¿por qué convertir ese descubrimiento inmediatamente en una guerra?
EL AMOR LIGHT
Yo soy individualista. Es parte de mi personalidad. Puedo trabajar solo, pensar solo, construir cosas solo y ocuparme de mi mundo.
Pero cuando amo ocurre algo extraño.
Mi individualidad mengua.
Aparece el deseo de cuidar.
Proteger.
Compartir.
Contar con ella.
Hacerla parte de mi mundo.
Y querer también formar parte del suyo.
Por eso me cuesta comprender determinada versión contemporánea de las relaciones en la que parece que debemos permitir que alguien entre en nuestra vida, pero solamente hasta cierto punto.
Una especie de amor light.
Café descafeinado.
Amor dietético.
Estamos juntos, pero no demasiado. Me importas, pero tengo que demostrar que puedo perderte sin que ocurra nada. Quiero compartir contigo, pero debo conservar suficientes puertas cerradas para demostrar mi independencia. Quiero sentirme amado, pero reconocer que necesito afecto parece peligroso.
¿En qué momento llegamos aquí?
¿En qué momento algunos discursos sobre empoderamiento y superación personal terminaron convirtiendo nuestros escudos en medallas?
YO NO LA NECESITO. LA QUIERO.
Sé perfectamente lo que alguien podría responderme:
“No necesitas a Venus.”
Lo sé.
Pero la quiero.
Y existe una diferencia enorme.
No necesito su abrazo para continuar respirando esta noche.
Pero cómo quisiera recibirlo.
No necesito sus manos para seguir existiendo.
Pero cuánto extraño sentirlas.
No necesito mirar sus ojos para levantarme mañana.
Pero daría todo por volver a mirarlos de cerca.
No necesito aquel beso para que mi corazón siga latiendo.
Pero daría lo que fuera por regresar durante un minuto a esa galaxia a la que me llevó.
Estoy cansado de fingir que no la extraño.
Cansado de actuar como si todo estuviera perfectamente bien simplemente porque sigo funcionando.
Esta noche existe un vacío.
Y su ausencia aparece incluso entre las palabras que escribo en esta habitación…
La ternura también puede doler cuando no encuentra ese lugar en la realidad en donde anhela existir.
¿POR QUÉ NO BAJAMOS LOS ESCUDOS?
Entonces aparece otra pregunta.
¿Por qué nos cuesta tanto permitir que alguien conozca nuestra vulnerabilidad?
¿Por qué una mujer autosuficiente que puede resolver su propia vida no podría, al mismo tiempo, permitirse ser cuidada?
¿Por qué no podría darse la oportunidad de sentirse princesa durante un instante?
¿Por qué resulta extraño que alguien piense en ti, quiera darte un espacio importante dentro de su vida y anhele tener también un lugar dentro de la tuya?
¿Por qué un regalo, una carta, un detalle o algo considerado “cursi” tiene que convertirse inmediatamente en algo malo?
A veces imagino una palabra:
tregua.
Cómo anhelaría una tregua.
Un lugar intermedio.
Una conversación donde dos personas pudieran colocar sus escudos sobre la mesa durante unos minutos y preguntarse:
¿Qué podemos construir desde aquí?
No sé por qué algunas veces parece más sencillo levantar otra muralla que abrir una puerta.
EL PUNTO MEDIO
Hay una idea que llevo pensando desde hace tiempo y que hoy, en medio de este dolor, vuelve con mucha más fuerza.
Si algún día pudiera ser escuchado podría pensar en una UTOPÍA donde querría que existiera una máxima:
EN LA TORMENTA, BUSCAR EL CAMINO QUE PRODUZCA EL MENOR DOLOR POSIBLE PARA LOS DOS.
No ganar.
No demostrar quién puede resistir más.
No determinar quién necesita menos.
No conseguir ventaja emocional.
Encontrar un punto medio.
Porque si dos personas realmente se quieren, ¿por qué el problema tendría que convertirlas automáticamente en enemigos?
Quizá podamos sentarnos frente al problema en lugar de colocarnos uno frente al otro.
Nosotros de un lado. El problema del otro.
Esa imagen me parece muchísimo más poderosa.
EL EGO QUE QUIERE PROTEGERNOS
En un retiro al que asistí se hablaba muchísimo del ego. No solamente como arrogancia, sino como esa estructura que aparece intentando protegernos cuando algo toca una herida.
Cuando llega la ira.
Cuando sentimos miedo.
Cuando algo nos hace sentir abandonados.
Cuando creemos que estamos perdiendo.
Cuando nos sentimos rechazados.
Entonces aparece esa voz que dice:
Retírate.
No muestres.
Devuélvele el golpe.
Haz como si no te importara.
No seas quien ceda.
Que venga primero.
Y quizá muchas veces creemos que estamos protegiéndonos cuando realmente estamos construyendo otra capa del muro.
Todos tenemos heridas.
Por eso sigo pensando en algo que escribí anteriormente puedes leerlo en Heridas y lenguajes… una propuesta : ¿por qué dedicamos tanto esfuerzo inicial a conocer la música favorita de alguien, su profesión, sus viajes, sus gustos, su dinero o sus aficiones y tan poco a conocer aquello que realmente puede romperlo?
Yo quisiera conocer ambas cosas.
Quiero saber cuál es su canción favorita.
Pero también quiero saber cuál canción no puede escuchar sin llorar.
Quiero conocer aquello que la hace reír.
Pero también aquello que la hace esconderse.
Quiero conocer sus sueños.
Pero también sus miedos.
Quiero conocer su fuerza.
Pero también aquello que ocurre cuando ya no puede ser fuerte.
Eso, para mí, también es conocer a alguien.
“RECUERDA QUIÉN ES EL VERDADERO ENEMIGO”
Alguna vez intenté proponer un pacto que todavía considero hermoso:
“Cuando sientas ira, rabia, enojo o algo esté explotando dentro de ti, dímelo y tratemos de solucionarlo. Recuerda quién es el verdadero enemigo.”
Porque cuando aparece una tormenta emocional resulta muy fácil olvidar que frente a nosotros está la persona a quien minutos, horas o días antes abrazábamos.
La emoción crece.
Las heridas despiertan.
El ego se arma.
Y comienza la batalla.
Pero ¿Qué ocurriría si pudiéramos detenernos y recordar?
Tú no eres mi enemiga.
Yo no soy tu enemigo.
Existe algo entre nosotros que tenemos que comprender.
Quizá suena utópico.
Últimamente muchas de las cosas que anhelo empiezan a parecerme utopías.
Pienso que solo son memorias que tal vez debo dejar aquí escritas…
ALGO TAN PEQUEÑO COMO UN NOMBRE
Hoy anhelo cosas que desde afuera podrían parecer absurdamente pequeñas.
Por ejemplo, algo tan simple como aparecer guardado como “Amor” en el teléfono de la persona que amo.
Sí.
Sé perfectamente que alguien podría considerarlo una estupidez.
Pero existe dentro de mí un niño que lleva varias relaciones anhelando algo así.
Un pequeño símbolo.
Un lugar especial.
Un nombre diferente.
Últimamente siento que tengo nombres cada vez más corporativos.
Y puedo fingir que no importa.
Puedo decir que solamente es una palabra dentro de una agenda de contactos.
Pero precisamente los pequeños símbolos son importantes para mi porque muchas veces representan algo muchísimo más grande.
Yo también intento dar lugares especiales.
Nombres especiales.
Detalles especiales.
Incluso cuando no se trata de Venus.
Quizá algún día escriba específicamente sobre esta distinción, porque creo que hay algo profundo detrás de aquellas pequeñas cosas que aparentemente “no deberían importar” pero que terminan diciendo muchísimo dentro del lenguaje emocional de una persona…
UNA RELACIÓN QUE ME ENSEÑÓ LO QUE NO QUIERO
Recuerdo una relación anterior con una No Venus.
Durante los primeros días ella me había guardado como “Amor”. Después tuvimos un altercado y cambió aquel nombre por mi nombre real.
Nunca volvió a cambiarlo.
Puede parecer insignificante.
Para mí terminó representando algo más grande.
Ella estaba profundamente vinculada a discursos espirituales. Se consideraba una persona iluminada, en un camino de evolución personal. Recuerdo incluso una canción que escuchaba de bachata y el coro que cantaba decia:
“Yo soy mía, mía…”
Yo observaba aquello intentando aprender.
Pensaba que quizá esa era una forma más evolucionada de relacionarse.
Entonces empecé a hacer exactamente lo mismo.
Empecé a construir más espacios propios.
A ser más “mío”.
A reproducir aquella independencia que yo había entendido que debía aprender.
Y ocurrió algo curioso:
cuando comencé a hacerlo, ella dejó de sentirse amada.
Entonces comprendí la contradicción.
Lo que para una persona podía significar independencia cuando lo ejercía ella, podía sentirse como abandono cuando lo ejercía yo.
Con el tiempo esa relación terminó enseñándome muchísimo.
Principalmente aquello que no quiero repetir.
Hubo momentos en los que sentí que mi vulnerabilidad terminó convertida en información que después jugaba en mi contra. Y quizá por eso agradezco que aquella historia terminara.
Es de destacar que fue lo q la palabra dice “una relación” vivi muchas cosas pero no amé no fue VENUS que ella si es la que despierta mi corazón…
Fue otra cosa.
Pero fue una maestra.
Me enseñó, mediante contraste, aquello que no quiero construir.
¿POR QUÉ ELEGIMOS EL DOLOR?
Y regreso entonces a la pregunta inicial.
¿Por qué algunas veces elegimos el camino que más duele?
¿Por qué resulta más fácil reaccionar que conversar?
¿Por qué es más sencillo retirarnos que explicar qué herida acaba de despertar?
¿Por qué preferimos demostrar independencia absoluta antes que reconocer:
“Esto me importa.”?
¿Por qué queremos ganar discusiones en relaciones que supuestamente queremos conservar?
¿Por qué construimos escudos y después sufrimos porque nadie consigue atravesarlos?
¿Por qué deseamos conexión y simultáneamente entrenamos nuestra capacidad de no necesitarla?
¿Por qué queremos que alguien nos conozca mientras escondemos precisamente aquello que permitiría conocernos?
¿Por qué pedimos amor mientras desarrollamos estrategias para que nadie pueda acercarse demasiado?
Quizá por miedo.
Quizá por heridas.
Quizá por ego.
Quizá porque nos enseñaron así.
Quizá porque todos estamos intentando sobrevivir emocionalmente utilizando herramientas que alguna vez funcionaron.
No tengo una respuesta definitiva.
Solo tengo preguntas.
Y esta noche tengo demasiadas.
DEPENDERNOS UN POCO
Hay una palabra que parece provocar alergia en determinados discursos actuales:
dependencia.
Yo empiezo a preguntarme si toda dependencia tiene necesariamente que representar algo terrible.
Quizá exista algo profundamente humano en depender un poco de alguien que forma parte de nuestra vida.
Saber que puedo llamarte.
Saber que existe tu abrazo.
Saber que puedo contarte algo.
Saber que puedo descansar durante unos minutos porque hoy tú tienes fuerza cuando yo no la tengo.
Y mañana quizá ocurra al contrario.
Eso no me parece una prisión.
Me parece humanidad.
Tal vez no concibo un vínculo entre dos islas perfectamente autosuficientes que ocasionalmente construyen un puente cuando les resulta conveniente.
Quiero imaginar dos mundos completos que deciden compartir territorio.
Que exista individualidad.
Pero también un nosotros.
Porque para eso, al menos en mi manera de entenderlo, nos conectamos.
Para compartir parte de nuestras vidas.
MI UTOPÍA
Esta noche mi utopía parece sencilla.
Dos personas capaces de conocer sus heridas.
Conocer sus lenguajes.
Reconocer cuándo está hablando el miedo.
Reconocer cuándo apareció el ego.
Decir:
“Estoy enfadado.”
“Tengo miedo.”
“Esto me dolió.”
“Necesito que hablemos.”
Y después recordar:
“No eres mi enemigo.”
Encontrar un punto medio.
No necesariamente mi camino.
No necesariamente el suyo.
Nuestro camino.
Uno donde ninguno tenga que sentirse vencedor porque el otro terminó destruido.
Uno donde podamos mirar las opciones y preguntarnos:
¿Cuál de estas nos hace menos daño a los dos?
Para mí eso podría convertirse en una forma profundamente diferente de construir.
HOY MI UTOPÍA ESTÁ LEJOS
Escribo todo esto mientras mis manos tiemblan y las lágrimas continúan cayendo.
Porque aquello que describo está muy lejos de mi realidad esta noche.
Venus está lejos.
Cada vez la siento más distante.
Y mientras escribo sobre acuerdos, conversaciones, puntos medios y heridas compartidas, siento la paradoja de estar imaginando precisamente aquello que no puedo vivir…
Hoy mi esperanza es diminuta.
Si tuviera que ponerle un número, quizá sería:
0,3 % de 100%.
Así de pequeña.
Pero todavía existe.
Y quizá por eso continúo escribiendo.
Porque mientras quede incluso ese porcentaje ridículo, alguna parte de mí todavía imagina que existe otro modo de relacionarnos…
LA MÁXIMA QUE QUIERO DEJAR
Si algún día alguien encuentra esta botella en el océano, quiero dejar una idea escrita.
No como una verdad universal.
Como mi propuesta.
Como aquello que yo intentaría construir si alguna vez tuviera la oportunidad de vivirlo…
EN LA TORMENTA, EVITAR EL DOLOR MÍO Y DEL OTRO ENCONTRANDO EL CAMINO MÁS SENSATO Y SIN EGO.
Ese sería mi pacto.
Cuando aparezca la tormenta, recordar quién está frente a mí.
Cuando aparezca la herida, intentar nombrarla.
Cuando aparezca el ego, preguntarme qué está intentando proteger.
Cuando exista un problema, ponerlo frente a nosotros.
Los dos del mismo lado.
Y entonces buscar.
Hablar.
Construir.
Encontrar ese lugar intermedio que quizá ninguno habría descubierto solo.
SI TÚ TODAVÍA TIENES LA OPORTUNIDAD
Si estás leyendo esto y tienes a tu lado a alguien que realmente amas, quizá puedas probar algo de esta utopía.
Puedes leer también Heridas y lenguajes… una propuesta y construir tu propia versión.
Con tus palabras.
Con tus acuerdos.
Con tu propia historia.
Y si algún día lo intentas, quizá puedas regresar y contarme qué ocurrió.
Puedes hacerlo en los comentarios o dentro de La Orden del Corazón.
Me gustaría saber si aquello que hoy solamente puedo imaginar desde una habitación oscura existe realmente en algún lugar del planeta.
Quizá alguien pueda vivir aquello que esta noche yo solamente puedo escribir.
Yo, mientras tanto, sigo aquí.
Con Venus lejos.
Con su recuerdo cerca.
Con mis manos imaginando las suyas.
Con el corazón sangrando.
Y con una pregunta que todavía no consigo sacar de mi cabeza:
SI PODEMOS CONSTRUIR JUNTOS, ¿POR QUÉ ELEGIR EL DOLOR?
— El Cuervo de Corazones
