INYECCIÓN DE DOLOR…
Esta noche pensaba escribir sobre algo que aprendí durante el fin de semana, pero me encuentro con otra cosa. Algo que acaba de inyectarme una nueva dosis de dolor y que, una vez más, viene de VENUS. Sobrellevar estos días ha sido complejo: distraer la mente, resolver ciertos líos, continuar trabajando, intentar reparar otras áreas de mi vida y expandirme hacia proyectos por los que estoy haciendo nuevas apuestas. Incluso fui a la montaña buscando un poco de tranquilidad en la naturaleza. Fue agradable. Tal vez también he descubierto que existen personas atravesando cosas parecidas a las mías. Pero esta noche, después de pasar todo el día trabajando, siento que quiero derrumbarme aquí, en mi Refugio. El sitio que hice para mí. El lugar donde mi corazón puede llorar y expresar aquello que siente mientras le habla a una galaxia que no le traerá palabras de vuelta, pero que sigue siendo valiosa para mí.
Solo diré que las redes sociales y los medios de comunicación actuales pueden convertirse en una manera cruel de disparar misiles hacia otros seres humanos. Hace algunos escritos hablé de la sorpresa de despertar bloqueado, de los sueños que parecen advertir cosas que después aparecen en la realidad y traen destrucción. Esta noche mi corazón grita. Quisiera poder gritar yo también. Quisiera encontrar un abrazo, un lugar donde pudiera derrumbarme en paz, sin juicios, porque esto que siento vuelve a parecerme prohibido y ridículo.
OTRA DOSIS
Hoy ese corazón encadenado y ese niño que no ha dormido desde el día en que fue feliz vuelven a sentirse ridículos. Ese niño todavía quiere regresar. Todavía pregunta. Todavía espera comprender. Se dice que no hay que tomarse nada personal, pero entonces intento mirar lo que ocurrió desde esa frase: VENUS corta el contacto conmigo, me dice que no soy nada malo, que no estorbo, pero después me elimina, me bloquea y ahora aparece para dedicar palabras a alguien.
Y duele.
Tal vez fui demasiado estúpido al creerle a mi corazón cuando me dijo que podía confiar, que podía querer, que podía creer. Porque verla aparecer nuevamente y encontrarme con aquello delimitado en un simple “estado” fue suficiente para que una pantalla diminuta consiguiera atravesar todas las defensas que llevo días intentando construir.
Mi adulto me dice que no debo hablar, que no debo decir, que no debo expresar. Y sí, mañana no expresaré ni diré nada. Trabajaré. Intentaré comer aunque sé que probablemente no tendré hambre. Intentaré dormir aunque sé que esta noche la batalla será incansable, tratando de evitar esos sueños donde aparecen cosas hermosas que, cuando abra los ojos, solamente conseguirán dolerme otra vez.
Pero esta noche todavía no es mañana.
Y esta noche estoy aquí.
EL FINAL DE LA SINFONÍA
Hoy siento que el final de esta sinfonía es la destrucción. Una sinfonía perfecta para terminar entregándole dolor a un corazón que nunca pedía piedad y que esta vez decidió ser transparente y pedirla. La desolación me consume y continúo haciéndome la misma pregunta que me persigue desde hace tiempo:
¿QUÉ HICE MAL?
Sigo preguntándomelo. Ya no quiero pagar más este karma. Es fácil decir que estoy sufriendo porque quiero, que sufro gratis, que simplemente debería dejar de sentir por alguien. Claro. Como si existiera un interruptor escondido en alguna parte de mi cuerpo y solamente hubiera que presionarlo.
Si fuera así de fácil, ya lo habría hecho.
Siento ira conmigo mismo. Algunas veces siento que mis sentimientos, lejos de ser algo “bello”, son un arma que alguien puede utilizar para destruirme. He intentado hacerme el fuerte antes y probablemente hacia afuera todavía pueda parecerlo, pero esta noche estoy roto. Que VENUS aparezca, que ocurra un desbloqueo y que aquello que encuentre sea verla regalando palabras hermosas a alguien más me duele profundamente.
Sé que podría decirme que no soy tan importante como para que eso tenga alguna intención dirigida hacia mí. Que quizá solamente ocurrió. Que fue casual. Pero desde aquí dentro se siente diferente. Se siente demasiado repentino, demasiado preciso, demasiado doloroso. Y mientras intento encontrar una explicación aparece nuevamente esa presencia que cada día parece sentarse un poco más cerca de mí.
LA DESESPERANZA.
Creo que se está convirtiendo en mi nueva amiga.
EL LUGAR QUE QUISIERA OCUPAR
Quisiera ocupar ese lugar.
Lo escribo secretamente detrás de mi máscara porque es la verdad.
Quisiera ser yo.
Pero no lo soy.
Y no encuentro justicia en mis lágrimas. Se siente injusto experimentar este dolor sin poder hacer absolutamente nada con él. Quisiera arrancarme el corazón y dejar de sentir esto, pero no puedo. No encuentro la manera. Quisiera ponerle un candado a mi boca para que no pronuncie más palabras de amor, cercenar de mi mente los anhelos imposibles, poner guantes sobre mis manos para mantenerlas guardadas y evitar que vuelvan a anhelar otra piel, llevar gafas para que nadie consiga leer a través de mis ojos aquello que ocurre dentro de mi alma.
Hoy quiero construir escudos.
No uno.
Muchos.
Quiero un fortín al que el amor no vuelva a tocar.
Este mundo es demasiado hostil para un corazón débil como el mío. Un corazón al que siento que no se le hará justicia. Un amor puro que ahora parece condenado a ser destruido y al que siento que VENUS, desde la distancia, termina comunicándole precisamente eso:
DEBES DESAPARECER, ERES ILOGICO, RIDICULO Y PATETICO…
INYECTARME LA REALIDAD
Entonces aparecerán los inteligentes con una pregunta perfectamente lógica: “Si eso te duele, ¿para qué lo miras? ¿Por qué no lo eliminas? ¿Por qué no te vas?”
Porque no quiero huir.
Quiero inyectarme esta realidad.
Quizá hoy, en medio de todo esto que me consume, estoy entregándole deliberadamente dolor a mi corazón porque necesito mostrarle aquello que existe frente a él. Necesito que lo vea. Necesito que no le queden dudas. Necesito que elimine de sí cualquier borona de esperanza que todavía conserve.
Una dosis.
Después otra.
Después otra.
Hasta que entienda.
Hasta que deje de imaginar.
Hasta que deje de esperar.
Hasta que quizá se vuelva fuerte y deje de sentir, de anhelar, de pensar en esas cosas “bonitas” que tanto daño terminan provocándole.
Y entonces comprendo el nombre de este escrito:
INYECCIÓN DE DOLOR.
No porque alguien esté sosteniendo literalmente una jeringa frente a mi corazón, sino porque esta noche siento que estoy obligándolo a mirar una realidad que no quiere aceptar. Como si cada imagen, cada silencio, cada bloqueo, cada palabra dirigida hacia otro lugar y cada contradicción fueran pequeñas dosis de una sustancia que lentamente mata la esperanza.
Tal vez por eso la razón por la que construí este Refugio tambalea esta noche más que nunca.
UNA GUERRA PERDIDA
Esta es una guerra perdida, como todas aquellas que se libran desde la honestidad. Se dice que quien ama pierde, y un corazón como el mío —tan torpe, tan tonto— perdió desde el momento en que amó. Por eso hoy pienso que quizá sea mejor dejarlo dormido.
Que no despierte.
Sé que es cruel imaginarlo encerrado dentro de una jaula, pero esta noche quiero una jaula con mil capas de seguridad. Un lugar donde por lo menos esté protegido de las acciones de quien ama, porque hoy esas acciones duelen. Calan en lo más profundo de mi alma de una manera tan fuerte que estas letras ni siquiera alcanzan para expresar aquello que siento.
Mis manos ya no acarician.
Estas mismas manos que un día acariciaron hoy gritan sobre un teclado iluminado por una galaxia hacia la que no volverán. Y sienten vergüenza. Se sienten ridículas. Quisiera estar en la causa de los débiles, en la causa de aquellos que sentimos de esta manera y después no sabemos dónde colocar todo aquello que quedó vivo.
Mi adolescente se siente patético y no sé cómo contener su ira. Quisiera hacer mil cosas, pero es momento de que se encierre. Hablaba con alguien sobre cómo este fin de semana, aunque estuve rodeado de gente, relacionarme empieza a resultarme más difícil cuando antes no era así. Y quizá ahí puedo medir aquello que está empezando a aparecer dentro de mí.
Barreras.
Escudos.
Muros.
Un fortín.
¿PUEDE SOBREVIVIR EL ÚLTIMO BASTIÓN?
Ya no sé si el Último Bastión puede proteger la fragilidad en la que se encuentra mi corazón encadenado y sangrante. Un corazón sin esperanza, sin lógica, sin argumentos. Un corazón que mantiene mis ojos convertidos en tormenta y que desde que ella se fue no me deja dormir tranquilo.
Estoy harto.
Cansado de amar.
Estoy exhausto.
Y si algún día alguien me pregunta qué es el amor, también quiero conservar esta memoria para recordar que alguna vez, durante una madrugada como esta, para mí el amor fue dolor, resignación y desesperanza. Hacia afuera podía parecer felicidad; por dentro eran destrucción, cadenas e imposibilidades.
Esta noche el amor me parece un chiste mal contado.
YA NO QUIERO LUCHAR POR AMOR
No quiero luchar por amor. Ya no quiero luchar, pelear, intentar. No quiero nada de eso. Solamente quiero que mi corazón duerma y no vuelva a despertar.
Ahora comprendo mejor por qué antes estaba empezando a volverme filofóbico. Entiendo por qué el amor comenzaba a producirme pánico. No quiero regresar nunca más a este lugar. No quiero volver a estar así. No quiero volver a sentirme desechado como basura cuando aquello que está sobre la mesa es mi corazón.
Sé que existen heridas de la infancia y mil cosas que se despiertan y que trabajaré, pero esta noche quiero huir.
El problema es que no sé hacia dónde.
¿A DÓNDE HUYES DE ALGO QUE VIVE DENTRO DE TI?
Eso es lo terrible. No puedo correr suficientemente lejos porque aquello de lo que intento escapar corre conmigo. Quizá termine acostumbrándome a esta rutina: la rutina del dolor. Inyectarme cada cierto tiempo una nueva sorpresa que siga consumiendo aquello que todavía queda.
Desde afuera parece existir una lógica sencilla: “Si la persona que amas es feliz con alguien que realmente ocupa ese lugar y ella es feliz, entonces tú debes ser feliz.” Pero hacia adentro no existe una ecuación tan limpia. Hacia adentro existen un corazón, un niño y un adolescente que la anhelan.
Y quizá ser “maduro” consista en no demostrar absolutamente nada de eso.
Pero esta noche no estoy afuera.
Estoy en mi Refugio.
Y este lugar es mío.
AQUÍ PUEDO SER LO QUE SOY
Aquí puedo expresar aquello que soy. Aquí puedo recordar la canción que estoy escuchando, una canción que alguna noche representó esperanza para mí y consiguió despertar este corazón. Aquí puedo dejar una memoria para un futuro que todavía no conozco.
Quiero recordar esta noche si algún día mi corazón termina convirtiéndose en lava y quema a quien lo toque. Quiero recordar por qué ocurrió. Quiero recordar esta madrugada si algún día dejo de sentir que debo cuidar. Quiero recordar que alguna vez mis manos anhelaron la suavidad de una piel. Quiero recordar por qué un día decidí que quedaba prohibido pronunciar palabras bellas.
Quiero recordar por qué quizá termine dedicándome a producir dinero en vez de escribir cartas de amor.
Quiero recordar que los labios pueden utilizarse solamente para hablar y no para besar. Que los ojos pueden permanecer cubiertos para que nadie vuelva a leer aquello que hubo o todavía existe dentro de ellos. Que el niño y el adolescente pueden permanecer guardados y protegidos de este mundo hostil para que nadie vuelva a hacerles daño.
Quiero recordar que el amor puede ser demasiado dañino para mí.
Y que quizá sea mejor no volver a consumir otra dosis.
Porque no quiero regresar a esto.
“NO ME ABANDONES”
Recuerdo aquellas palabras tan patéticas que alguna vez salieron directamente de mi corazón:
“No me abandones.”
Las recuerdo y algo dentro de mí se rompe.
Cuando esté protegido nuevamente quizá no exista necesidad de volver a pedir piedad. Que el dolor que hoy me consume sirva al menos como memoria para comprender por qué construí el fortín. Para recordar por qué aparecieron las murallas. Para saber por qué alguna vez decidí que ese lugar no volvería a ser saqueado.
Quisiera el abrazo de alguien donde pudiera derrumbarme en paz. Pero cuando aquello que siento no encaja dentro de un estándar lógico común aparece el juicio, y después aparece la vergüenza. Por eso esta noche el único lugar donde consigo derrumbarme es aquí.
En el frío de la madrugada.
En estas letras.
En mí mismo.
HOY NO HAY LECCIÓN
No tengo dónde huir de esto que siento.
No tengo una teoría nueva.
No tengo una solución.
No tengo una enseñanza bonita escondida al final de estas palabras.
Esta noche no quiero transformar el dolor en crecimiento, ni convertir cada lágrima en una frase esperanzadora. Esta noche solamente existe aquello que existe.
Estoy cansado.
Estoy exhausto.
Me rindo.
Solo dejaré que el llanto me consuma hasta quedarme dormido. Tal vez mañana vuelva a levantarme, trabaje, produzca, resuelva problemas y vuelva a mostrarle al mundo aquella versión que todavía funciona.
Pero esta noche no.
Esta noche solamente queda un Cuervo escribiendo frente a una galaxia silenciosa, un niño que no entiende, un adolescente furioso, un adulto agotado y un corazón encadenado al que acaban de administrarle otra dosis de realidad.
Otra dosis de desesperanza.
Otra dosis de ausencia.
Otra:
INYECCIÓN DE DOLOR.
— EL CUERVO DE CORAZONES
